Literatura y Cine

Jim Jarmusch estrenó nueva película de zombies

Jim Jarmusch nos ofrece una nueva película de zombies, The dead don’t die, presentada en la apertura del último Festival de Cannes y estrenada comercialmente en junio de este año. En Argentina todavía no hay fecha de estreno, y es más que probable que la situación no varíe.

A la presencia de Jarmusch hay que sumar la de un elenco superlativo y convocante, al punto del auténtico cariño: Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Steve Buscemi, Danny Glover, Iggy Pop, Tom Waits, Chloe Sevigny, y un largo etcétera. 
Tenemos entonces a un director de culto, a un reparto carismático y talentoso, y un punto de partida tan frecuentado como prometedor: un cambio en el eje de rotación de la Tierra genera que los muertos abandonen sus tumbas y desaten el caos en un pequeño pueblo norteamericano. Jarmusch + Bill Murray y cía + zombies = Calidad Asegurada. Sin embargo, mientras avanzan los créditos finales, la sensación extraña que fue germinando adentro nuestro se empieza a consolidar como decepción, y las preguntas nos interpelan: ¿Qué fué lo que salió mal?, y sobre todo, ¿Por qué?
Podemos arriesgar algunas ideas al respecto. 

Chloë Sevigny, Adam Driver y Bill Murray

Chloë Sevigny, Adam Driver y Bill Murray

Jim Jarmusch es un director que desde hace más de tres décadas viene edificando una mirada personal e identificable, entre bucólica y apasionada, siempre lúdica, sobre el arte de contar historias en el cine. Desde el blanco y negro y la deriva existencial de sus primeras películas, pasando por dos joyas de los ‘90 como son Dead Man y Ghost Dog, en donde empezó a experimentar con los géneros (el policial, el western, las artes marciales) para repensarlos, desarmarlos y volverlos a ensamblar – como hicieron por aquella época realizadores como Quentin Tarantino o los hermanos Coen -, hasta llegar al nuevo siglo con algunos trabajos que abrevan las preocupaciones de siempre con una madurez artística notable, sin perder nunca el cariz independiente, ya sea desde la producción o desde una estampa y una estética indudablemente indies.


A su vez, es un realizador atento los personajes, que van desde un matón samurái a un vampiro melancólico, o a un poeta de barrio cuya sencillez vuelve universales sus minucias cotidianas, como es el caso del personaje que interpreta Adam Driver en la exquisita Paterson. Individuos siempre humanos cuyo cuerpo Jarmusch suele confiar a actores que conoce,
de la casa, que siempre están a la altura de las circunstancias. Y es en este punto donde The dead don’t die empieza a fallar.


Los policías que encarnan Murray y Driver son, en principio, queribles, cercanos, hasta que la película avanza y nos damos cuenta de que son chatos, unidimensionales, y de que la única empatía posible con ellos va de la mano de que son, justamente, Bill Murray y Adam Driver. Veteranos en la filmografía de Jarmusch, parecen estar ahí porque sí, porque se puede, y esta sensación se extiende a casi todos los personajes del film, a excepción de cierta espesura en la oficial de policía de Chloe Sevigny, de la dueña de la funeraria interpretada por Tilda Swinton con una actuación alien, o del mendigo-observador-pseudo narrador que interpreta Tom Waits. Muchos nombres importantes para muchas figuritas de cartón.

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Poster Oficial

A esto se le suma una atmósfera de letargo que nunca termina de despertarse, incluso cuando las cosas se empiezan a complicar. Lo que quizás sea una decisión del director por imponer un alejamiento entre el espectador y lo que se ve, acaba por convertirse en una apatía que solo de a ratos cede con algún chispazo de humor, con alguna idea visual, pero no mucho más. Dicho de otro modo: es innegable que ver a Steve Buscemi con una gorra que tiene escrito Make America White Again, con su cara de Steve Buscemi, diciéndole a la camarera que no puede seguir tomando el café porque está muy negro para él, mientras conversa con Danny Glover, es gracioso, pero la situación se queda en la anécdota y no funciona más que como imagen, y no como parte de un todo. Lo mismo que ver a Adam Driver con la cabeza de Selena Gomez colgando de una mano y un machete en la otra. Hay una lectura política y una lectura de época, pero todo es tan tenue y aislado que bien podríamos quedarnos con una efectiva muestra de fotos a las que no les hace falta el movimiento.


Otro de las cuestiones es el tono. Podemos afirmar que toda sátira es una película política, y que toda película de zombies es una película política y una parábola para hablar de algo más (ahí tenemos la saga zombie de George E. Romero, a quien Jarmusch homenajea un poco), pero el problema de The dead don´t die es que no se decide que quiere ser, porque no es muy graciosa, ni muy aterradora, ni se interesa por dar un mensaje político que haga algo más que rascar la superficie. El mismo Jarmusch dijo que la consideraba una película Anti Trump, pero toda esperanza queda tragada por la fatalidad y en definitiva a nadie le importa mucho nada. Todos vamos a morir, revivir y volver a morir, parece decirnos el director y casi todas las películas de zombies que lo preceden, pero he ahí lo preocupante, y es que con todo ese grosero antecedente, Jarmusch nos repite lo mismo con un fibrón y un discurso poco inspirado.

Toda película de zombies es una película política Click To Tweet


Si la película, al fin y al cabo, se deja ver, es por el carisma impregnado en la existencia de los actores que componen el elenco, porque es divertido verlos hacer cosas (nos entretenemos con cuestiones extra cinematográficas más propias del nerd, como imaginarnos lo divertido que debe haber sido para Iggy Pop hacer un rato de zombie, aunque en definitiva a nosotros no nos divierta tanto verlo), y porque nos vamos convenciendo de que en la próxima escena Jarmusch nos va a sorprender y al final vamos a poder seguir rezándole a los mismos santos, a las bestias sagradas a las que le perdonamos algún tropiezo porque ya nos dieron tanto. Pero el milagro nunca llega.

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Hacia el final, podemos pensar que Jarmusch esta vez sufrió de un mal que es común en un punto alto de las carreras de algunos realizadores, que son en sí mismos una marca y una estética: el piloto automático, que siempre corre el riesgo de estrellarse contra el aburrimiento. Todo lo que vemos es muy Jarmusch, pero un Jarmusch desganado, que quiso hacer una de zombies con sus amigos sin preocuparse demasiado, con algunos guiños simpaticos y un andar arrastrado, rancio y entumecido que termina por convertir a The Dead don´t die en una película ya no de zombies, si no zombie por mérito propio.
Igual, con todo lo que Jim Jarmusch ya hizo, seguimos creyendo. Después de todo, un tropezón no es para tanto.

10 septiembre, 2019

Sobre el Autor

Marcos Ojea