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Bolsonaro-Fernández, ¿previa de una relación imposible?

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 Luego de la recuperación democrática, José Sarney y Raúl Alfonsín dieron inicio a un proceso de integración que luego conocimos como Mercosur y pretendió fortalecer la relación comercial y política en clave regional.
Esto fue profundizado tiempo después por el eje Eduardo Duhalde/Néstor Kirchner con Lula Da Silva, quien luego consolidó vínculos con Cristina Fernández. Antes, con modelos económicos diversos, presidentes como Fernando Henrique Cardoso y Carlos Menem también tuvieron la diplomacia como factor prioritario de una relación estratégica.
Por proximidad, necesidad y pragmatismo, ambas naciones siempre se necesitaron y eso nunca se alteró independientemente de las coincidencias ideológicas. Sin ir mas lejos, a pesar del apoyo explícito del expresidente Lula a Daniel Scioli en 2015, la primera visita de Mauricio Macri fue a Dilma Rousseff. Meses después, la presidenta brasilera fue destituida y el gobierno argentino fue el primero en reconocer a Michel Temer. Esto cayó mal en el espectro progresista sudamericano teniendo en cuenta que el proceso contra Dilma fue irregular. Pero en términos reales, a Macri no le quedaba otra opción que sentarse con quién había quedado a cargo.
La situacion actual es insólita. Jair Bolsonaro hizo campaña por Mauricio Macri, calificó al ganador de las primarias y posible vencedor de los comicios de octubre como “bandido” y auguró una ola migratoria de argentinos al sur de Brasil similar a lo que sucede en la frontera con Venezuela en Rohaima. Esto fue repetido por su hijo, Eduardo Bolsonaro y profundizado por el ministro de Hacienda, Pablo Guedes que amenazó con que el país abandone el Mercosur sí “Cristina Fernández de Kirchner cierra la economía”. Todo esto es tan insólito como falso.
La postura del gobierno brasilero puede explicarse en dos planos que, juntos, son un combo letal contra la diplomacia y la institucionalidad regional.
El primero es inherente a lo que Bolsonaro considera que está en juego en el mundo y la región. El esta convencido en liderar una cruzada fundamentalista, religiosa y moral contra la izquierda y el comunismo. Para el excapitán del ejercito, Crstina, Alberto, Maduro, Fidel Castro y Guillermo Nielsen forman parte de un clan de zurdos que deben ser exterminados.
No existen matices, es vencer o morir para la lógica de quien reivindica a los torturadores y celebra dictaduras. Siempre pensó de la misma forma y así ganó representatividad hasta llegar a lo más alto. No se moderó con la llegada a la presidencia, ni lo hará en un futuro, porque está convencido como quien se encuentra en medio de una guerra libertaria. Eduardo Bolsonaro, el Canciller Ernesto Araujo y el “filosofo” Olavo de Carvallo pretenden pelear contra la cultura marxista de la globalizacion, sea como que sea, y por eso se abrazan a Donald Trump, Benjamin Netanhayu, Matteo Salvini y Victor Orban.
En segundo lugar, Brasil cumple, al menos por el momento, el rol de aliado principal de Estados Unidos en esta parte del continente. Una eventual salida del gobierno de Mauricio Macri le permitirá contar exclusividad, aún a costa de su propia existencia. Tal como quieren hacer con China, principal socio comercial, el bolsonarismo no parece tener inconvenientes en dinamitar la relación con el país que recibe el 17 por ciento de nuestras exportaciones en nombre de la hiperideologización de su política exterior. ¿Itamaraty? Bien, gracias. Aún están procesando la designación de Eduardo Bolsonaro como embajador en Estados Unidos.
Por supuesto, en todo gobierno hay extremistas y moderados, y estos últimos en Brasil son los que hoy mantienen un silencio inquietante: los militares que ven a la Argentina como aliado estratégico por sobre todas las cosas para reforzar su hegemonía. De la misma manera que no puede invadir Venezuela, tampoco puede romper puentes con Argentina, para conducirlos e insertarse en el escenario global desde una posicion de fuerza, algo que la mirada elemental y perimida de Bolsonaro no contempla. El poderío sudamericano es la razón de ser del proyecto hegemónico brasileño. ¿Van a ponerlo en riesgo por un capricho ideológico? Por lo pronto, las últimas declaraciones del carioca intentaron poner algo de tranquilidad. “Hablo hasta con Folha de Sao Paulo, cómo no voy a hablar con él”, declaró.
Por su parte, Alberto Fernández jugó al borde yendo a visitar a Lula a la cárcel y respondiendo a las agresiones del que puede ser su colega dentro de algunos meses. “No tengo problemas en tener problemas con un racista, xenófobo y violento como Bolsonaro“, disparó Fernández en una entrevista televisiva y lo instó a “liberar a Lula para que compita democráticamente”.
Sin embargo, el equipo del ex jefe de gabinete de Nestor Kirchner sabe que la tensión de su parte debe terminar ahí para que se priorice el aspecto institucional. Uno de los asesores de Fernández en la materia y posible Canciller, Jorge Argüello, dijo en una entrevista a 0223 que “Brasil es extremadamente relevante para todo diseño de regionalismo. Contamos con décadas de avances que son muy importantes de defender. Ello no quita que con el triunfo de Bolsonaro en Brasil y otros cambios de signo político en la región, dicho legado de integración reconoce en ese giro ideológico un riesgo muy grande. Pudo constatarse en el cambio de la UNASUR por el PROSUR, lo cual por cierto promete pobres resultados”.

No puede perderse de vista que nuestra relación con Brasilia debe ser siempre a largo plazo, manteniendo nuestros intereses estratégicos y dialogando nuestras diferencias. Dada la interdependencia económica con nuestro vecino, desaconsejaría dar pasos importantes con el mundo sin antes trabajar consensos básicos con Brasil. Más allá de cuestiones ideológicas de turno debemos tenernos en cuenta. Cada uno es parte de la ecuación del otro, y por lo tanto la coordinación no es opcional”, agregó.

Este será un enorme desafío para el próximo gobierno, que deberá poner por delante el horizonte estratégico y la diplomacia aún sin encontrar respuestas del otro lado. Los militares en el gobierno de Brasil deberán ser nuevamente la voz de la sensatez para evitar otro papelón que conduzca a Brasil a un problema mucho más grave en una convivencia que puede durar tres largos años.

La relación con Jair Bolsonaro es tan solo uno de los capítulos de una trama mundial cargada de incertidumbres y situaciones impredecibles.

17 agosto, 2019

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata