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¿Por qué la serie “Chernóbil” es tan popular?

chernobyl

Cuando estudiaba en Rusia participé de una conferencia sobre estudios hispanoamericanos. Tres chicas de primer año de facultad expusieron un informe sobre el peronismo. Al margen de los datos extraídos de Wikipedia, la representación de Juan Domingo Perón era la de un típico dictador latinoamericano al estilo de las películas yanquis y la de Eva Duarte como la de cenicienta de Walt Disney. No es necesario ser historiador para entender que esta visión es absolutamente reducida y distorsionada. Peor aún, los argentinos éramos retratados como perros domésticos fieles a sus terribles amos. Una frase me quedó grabada: “hasta el día de hoy los argentinos guardan altares de su presidente y de la primera dama y le rezan como a dioses”.

 Lamentablemente este no fue un hecho aislado pero sí un ejemplo exponencial de la mirada de (gran parte de) los rusos sobre los argentinos. No exagero cuando digo que este tema me obsesiona: la historia, la cultura, las representaciones, la identidad y, por sobre todo, la capacidad real de poder entender al Otro. Porque detrás de la exposición de estas chicas no hay mala fe pero si un pensamiento estructurado, una idea fija, un estereotipo, del cual no pudieron (tal vez no quisieron) salir. Los creadores de la serie “Chernóbil” intentaron, quisieron, pero no lograron salir de su estereotipo.

La buena fe

Vale la pena hacer una salvedad: cuando los historiadores vemos una película o una serie pensamos en términos de veracidad y no de verosimilitud. Por deformidad profesional buscamos las relaciones entre los hechos y el entramado de los hechos en el marco de un/os proceso/s mayor/es. Es una labor infinita que siempre se limita a la cantidad de páginas o tiempo exigido.

 La ficción tiene otros parámetros: los personajes se seleccionan, crean y caracterizan cuidadosamente; el inicio, el desarrollo y el fin de la historia se planifica con anticipación; lo que la cámara muestra (y lo que no), lo que el público percibe de la música elegida, todo está fríamente calculado. El objetivo no es la veracidad sino la verosimilitud, lo “creíble”.

Los personajes de “Chernóbil” están muy bien recreados, los actores son increíblemente parecidos a las personas reales. La intención de verosimilitud es tal que en los títulos finales se aclara que no existió ninguna Uliana Jomiúk sino que es un personaje creado para representar a los científicos que se rebelaron contra las mentiras del régimen. Este sinceramiento sobre la producción intenta demostrar su fidelidad a los hechos reales.

La ambientación también es muy buena. Gran parte de la serie se filmó en una ciudad de Lituania que aún mantiene el diseño urbano de un pequeño pueblo soviético: grandes monoblocks esparcidos a lo largo de apenas un par de calles principales y muchos parques verdes en el medio. Como le ocurrió a muchos rusos, algunos escenarios están tan bien montados que por momentos tuve la sensación de haber estado ahí.

Por supuesto que hay algunos errores en el exceso de plástico en los edificios (no tan común para la época), los uniformes (confundiendo los rangos y jerarquías) y las formas de dirigirse (recién en el último capítulo se utilizan los patronímicos, que es una forma ineludible en el trato con personas desconocidos y/o de rango superior), entre varios otros. Tampoco es cuestión de ponerse quisquillosos, especialmente cuando el director se molestó en grabar sonidos en una central nuclear real para incrementar la verosimilitud del relato.

La representación

Todo arte, en este caso, una película, transmite una idea. ¿Cuál es la idea central de la serie “Chernóbil”? La noción de que la tragedia no fue un error humano, como el estado soviético argumentó y sostuvo durante años. Por el contrario, la catástrofe de Chernóbil fue una “prueba que salió mal” con plena conciencia de su capacidad de falla. Una vez ocurrida la tragedia, ésta fue encubierta por el partido. La serie se preocupa por dejar en claro que los miembros del partido no sólo no supieron sino que ni siquiera se interesaron por la verdadera magnitud del peligro de la falla de la central nuclear, simplemente la taparon como y cuanto pudieron.

Dentro de este triste panorama hay una excepción: Boris Shcherbina, un appartchik (forma despectiva de nombrar a los burócratas del partido) que al ver el desastre con sus propios ojos se redime e intenta salvar todas las vidas posibles. Su compañero de aventura y protagonista de la historia es Valéri Legásov, un científico concienzudo que intenta controlar los daños y que, eventualmente, nos enteramos que había participado en un experimento similar diez años antes.

No hace falta ser experto en cine para comprender que estos dos personajes son dos figuras arquetípicas: Legásov, el héroe con un pasado oscuro, y Shcherbina, el villano redimido. Ahora bien, estos arquetípicos son muy ajenos a la sensibilidad rusa/soviética y, por el contrario, bastante comunes en la ficción estadounidense.

Si quedan dudas sobre la matriz estadounidense, prestemos atención al último capítulo. Olvidémonos de la historia y pensemos en términos de verosimilitud: en un país en donde millones de personas fueron asesinadas en menos de dos años con causas inexistentes, ¿es realmente posible que se lleve a cabo semejante juicio, en donde se dan discursos morales y se habla de la verdad y la mentira? Ojalá lo fuese. Y ojalá los manuales soviéticos hubiesen sido tan pedagógicos como Legásov explicando cómo funciona un reactor nuclear.

La intención

Si aceptamos esta hipótesis sobre al “adaptación” de la catástrofe de Chernóbil a los esquemas estadounidenses y, por asociación, occidentales, surge la siguiente pregunta: ¿esta versión es simplemente el resultado de la incapacidad de entender otra cultura en sus propios términos o conlleva una intención política? Más interesante aún, ¿por qué el interés sobre Chernóbil nace ahora, 33 años después de la tragedia?

Algunas personas han considerado que el objetivo detrás de la serie es poner en ridículo al gobierno ruso y, en medio de la guerra comercial entre Estados Unidos y Rusia/China, desprestigiar las tecnologías euro-asiáticas. Personalmente, no creo que esta haya sido una intención expresa de los productores de la serie pero sí es una consecuencia clara y previsible.

Es indudable que la serie ha tenido una recepción increíblemente positiva. Antes del estreno de los últimos dos capítulos ya se la denominó la “mejor serie de la historia”, probablemente potenciada por la masiva decepción del final de Game of Thrones. En los países de la ex-Unión Soviética se debaten dos posturas: la crítica positiva y el “agradecimiento” por tocar un tema que se mantuvo en silencio tanto tiempo y la crítica negativa de los que se sienten ofendidos por la representación de los hechos y las personas. Claro está que el gobierno ruso se alinea en esta última variante.

Al margen de la buena o mala fe, la serie de HBO ha creado un discurso propio sobre los eventos. De ahora en más para muchas personas, lo ocurrido en Chernóbil es lo que aparece en la serie. Esto (y es algo que afirmo con mi experiencia personal) es algo que los rusos no perdonan: que los occidentales escriban su historia.

Esto nos conduce a una última pregunta: ¿por qué no se filmó una serie o una película sobre Chernóbil en Rusia, Ucrania o Bielorrusia? Probablemente porque es una catástrofe de la que se quieren olvidar, porque se saben responsables y es más fácil mirar para el costado. Incluso Ucrania, país que en los últimos años tiene una conflictiva relación con Rusia y podría utilizar Chernóbil para culparla de sus males, ha decidido no hacerlo.

Hasta hace unos meses, cualquier productora que hubiese pedido financiación estatal para llevar a cabo un proyecto sobre este tema habría sido rechazada. Ahora, el gobierno ruso está poniendo en marcha su propia versión de los hechos para ganar, por lo menos entre los suyos, el monopolio del discurso histórico sobre lo ocurrido en Chernóbil.

El balance

Las películas siempre nos dicen más de sus creadores que de lo que proyectan. El informe de las universitarias rusas tenía muchos errores históricos pero mostraba muy bien su falta de interés por entender la historia argentina desde una visión por fuera de la propia. Lo mismo ocurre con “Chernóbil”: es un producto occidental que recrea una catástrofe en términos y moldes occidentales. Por más letras cirílicas que haya de fondo, lo que se ve nada tiene que ver con la sensibilidad soviética.

¿Significa que todo es mentira? Claro que no. Está demostrado que la tragedia de Chernóbil podría haberse evitado, que si el partido hubiese querido podría haber disminuido la cantidad de víctimas fatales, que, tal vez, incluso, con la cooperación internacional se podría haber contenido mejor las consecuencias a largo plazo.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿por qué la serie “Chernóbil” es tan popular? Porque se trata de una catástrofe y como toda catástrofe general morbo. Porque a diferencia de los terremotos, ciclones u otros desastres naturales, lo que pasó en Chernóbil fue absolutamente evitable. Porque se trata de un lugar “exótico” contado en un código inteligible para el ojo occidental. Porque, en definitiva, nos permite disfrutar de una producción muy bien lograda sin cuestionar nuestra propia cultura.

8 junio, 2019

Sobre el Autor

Noelia Pérez Rivaben