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Primarias en Estados Unidos: Pete Buttigieg es el hombre (blanco, anglosajón y protestante) del momento

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Las primarias electorales del partido demócrata en Estados Unidos están dando que hablar. Primero porque las protagonizan 19 muy diversos pre-candidatos. Luego, porque de ellos seis son mujeres, un número sin precedentes en la historia de las primarias de cualquier partido político a nivel federal. Sin embargo, y para sorpresa de nadie, no es el muy destacado papel que están desempeñando las mujeres en este proceso de campaña lo que ocupa el tiempo y espacio de los medios de comunicación, sino el inesperado ascenso de un tal Pete Buttigieg.

Buttigieg tiene 37 años. Es hijo de un inmigrante de origen maltés. Estudio en Harvard y en Oxford. Habla siete idiomas. Es veterano de la guerra en Afganistán. Es un hombre casado. Es blanco, anglosajón y protestante. Es gay. Es el alcalde de South Bend, una ciudad de 266.000+ habitantes del estado de Indiana. Y esta tercero en todas las encuestas de intención de voto para las primarias demócratas, detrás de Bernie Sanders y del único político que, por esas cosas de los tiempos y las estrategias, aún no anuncio oficialmente su pre-candidatura a la presidencia, el ex vicepresidente Joe Biden.

Buttigieg y su equipo declararon haber recaudado hasta el momento en fondos de campaña (una medida que en Estados Unidos es tomada como indicio del nivel de apoyo popular a un candidato) unos 7.1 millones de dólares, solo un poco por debajo de otras figuras “de segundo nivel” más conocidas y que han estado haciendo campaña desde hace más tiempo como Cory Booker (7.9 millones) o el niño mimado hasta hace un mes, Beto O’Rourke (9.4 millones), pero aún así bien lejos de Elizabeth Warren (16.5 millones) o Bernie Sanders (20.7 millones).

En un aspecto que evidencia más las carencias de la clase política norteamericana, la capacidad retórica y discursiva de Buttigieg ha recibido mucha atención. Su principal cualidad es que es un tipo inteligente y articulado. Hasta que nos centramos en el contenido, o la falta del mismo. Su plataforma política es intencionalmente ambigua y, hasta el momento, se ha centrado en lo que devino en un enfrentamiento con el ex gobernador de Indiana, el hoy vicepresidente Mike Pence, por cuestiones principalmente religiosas y secundariamente políticas.

Pence es católico evangélico y ha puesto a su religión en el primer lugar de su definición identitaria: en más de una ocasión se ha descrito a sí mismo como “cristiano, conservador y republicano, en ese orden”. Buttigieg pertenece a la iglesia episcopal, una rama que algunos han caracterizado como “más progresista en relación a cuestiones sociales”. En este proceso, y no menor dado el rol central de la religión tanto en la política como en el ethos nacional estadounidense, la identificación de Buttigieg como un devoto cristiano ha ocupado un lugar más destacado que el hecho de que es el primer candidato homosexual a la presidencia en la historia norteamericana. Haciendo de su fe religiosa la base de su retórica política, Buttigieg busca legitimidad y credibilidad en frases tales como “mi matrimonio me ha hecho un hombre mejor. Y me ha acercado más a Dios… lo que deseo que los Mike Pence del mundo entiendan: si tienes un problema con quien soy, tu disputa no es conmigo. Tu pelea es con mi creador.” Pero no crean que este enfrentamiento es producto del presente contexto electoral. Cuando en 2015 Buttigieg habló por primera vez en público de su homosexualidad durante su campaña por la reelección a la alcaldía de South Bend, Pence era gobernador del estado. Ese año, el gobierno estadual había aprobado la Religious Freedom Restoration Act (ley de restauración de la libertad religiosa) que permitía a las empresas negarse a atender o servir a parejas homosexuales, aduciendo “libertad religiosa”. Buttigieg dijo entonces que Pence “avergonzaba” a Indiana al apoyar una ley que permitía la discriminación en base a la orientación sexual. Y si bien en su autobiografía Buttigieg ha elogiado muchas de las políticas económicas de Pence como gobernador y lo llama “afable, incluso amable”, lo cierto es que se ha convertido en el principal contrapunto de su campaña.

Por otra parte, su programa de políticas públicas es “resonante”, aunque vago en detalles prácticos y de implementación. En otras palabras, dice mucho sin decir nada. Ha referido a la “crisis de autenticidad” en los líderes demócratasy a la necesidad de “reestructurar” el partido (pero sin proponer cómo), o a la brecha generacional entre la vieja y la nueva política que él viene a cerrar. No obstante, y si bien en ciertos temas se alinea en mayor o menor medida con las propuestas demócratas, en puntos importantes sus inclinaciones son más conservadoras que las de otros pre-candidatos del partido: su propuesta de una reforma de salud a mitad de camino entre los proyectos republicano y demócrata, su oposición a la gratuidad de la educación universitaria, su postura abiertamente pro-israelí, su posición en temas de seguridad nacional (en la que evidencia su formación y militarismo), su oposición a acuerdos internacionales como el NAFTA, sus críticas al acuerdo con Irán, y al hecho de que la política exterior estadounidense debe estar basada “primero, en los intereses estadounidenses fundamentales. Segundo, debe ser examinada en base a los valores norteamericanos. Y tercero, consultada con aliados estadounidenses cada vez que podamos hacerlo de manera responsable.”

En relación a un tema de agenda actual, el cambio climático, parece estar “a la vanguardia”, al menos, de la actual administración. Buttigieg ha manifestado su apoyo a medidas relacionadas con la mejora del medio ambiente y fue uno de los 407 alcaldes que firmaron un pacto para adherirse al Acuerdo de París luego de que Donald Trump se retirara del mismo en 2017. Asimismo, manifestó su apoyo al “Green New Deal” que promueve el ala más progresista de los demócratas de la Cámara de Representantes, liderados por Alexandra Ocasio-Cortez.

Su desempeño como alcalde (si es que puede tomarse como referencia de su posible desempeño como presidente) es también para sopesar. Bajo su gestión, South Bend vio los resultados de un proceso de desarrollo que se venía gestando desde administraciones anteriores: un importante crecimiento poblacional, la baja del desempleo en +50% (de 9.6% cuando Buttigieg asumió en 2012, a 3.8% en 2019), la llegada de US$ 850 millones en inversiones, la implementación de planes de reforma de viviendas (“1000 houses in 1000 days”) y la transformación de barrios de bajos recursos en polos comerciales y tecnológicos. Pero a pesar del desarrollo económico, ciertos sectores reclaman que las medidas adoptadas solo derivaron en una mayor concentración del capital, en el desplazamiento de habitantes de barrios de menos recursos, y en el aumento de la desigualdad en la cuarta ciudad más grande de Indiana, donde más del 40% de la población es afro-estadounidense o latina, y donde — ¿casualmente ?— los índices de pobreza alcanzan también al 40% . Sumado a ello, según un estudio realizado por el gobierno de South Bend en 2017, dos de cada cinco afro-estadounidenses viven por debajo de la línea de pobreza, cifra que duplica el promedio nacional.

La aparición de Pete Buttigieg en el escenario político actual no es tan sorpresiva como su presente notoriedad. Y la misma exige un necesario escrutinio. Es importante analizar si luego del mismo el candidato diferente que se parece mucho a los demás (incluso a algunos cuantos republicanos) puede mantener ese momentum. Y preguntarse si es ese el objetivo ulterior. Por lo pronto, pareciera que la actual campaña de Buttigieg a la nominación como candidato a presidente por el partido demócrata tiene una clara finalidad. Lograr visibilidad nacional para el poder ejecutivo. Pero no apuntando a la Casa Blanca, sino a la gobernación del estado de Indiana. Y esa es, para los republicanos, la verdadera amenaza.

20 abril, 2019

Sobre el Autor

Valeria Carbone

Doctora en Historia. Especialista en Estudios sobre Estados Unidos