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Los ocho más odiados

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La expectativa desmedida por una película puede afectar severamente su funcionalidad. No importa cuán buena sea, o cuántas cosas a favor, expuestas o interlineadas, pueda llegar a ofrecer: nunca va a ser tan buena como pensamos que sería. O peor, como nos prometieron que sería. Los Ocho Más Odiados, la octava película de Quentin Tarantino, transita este fenómeno y se tropieza, se cae y corre el riesgo de desbarrancarse.  Para los que ven en el cine de Tarantino el último bastión donde respirar, donde encontrar algo fértil y provocativo sin animarse a salir del paradigma de Hollywood, cada nuevo estreno viene precedido de una ansiedad desbocada, alimentada por la promesa, tácita pero anhelada por todos, de que la película va a ser increíble. Quizás sea esto, la medida en la que el espectador espera ver un clásico y lo desborda por dentro el temor de sentirse defraudado, tensionando así la distancia frágil que separa la admiración del descontento, lo que hace que Los ocho más odiados no pueda ser vista como un hecho aislado, o valorada dentro de sus límites y por sus propios méritos. Inevitablemente para muchos, la experiencia de esta película viene cargada con el peso terrible del producto que Tarantino ha hecho de sí mismo, de su filmografía como emblema de calidad.
Pero si uno corre el foco de todo esto, si se desprejuicia y se deja llevar, puede sentarse y disfrutar de Los Ocho Más Odiados como lo que es: una buena película que, sin ser brillante, se sostiene durante sus tres horas sin dejar de entretener. Tarantino, que es hijo bastardo pero dignificante del spaghetti western, del pulp, del cine de artes marciales y cuya bandera no es otra que la del cine mismo, sabe cómo es: si sus películas no entretienen, es ahí donde imperdonablemente fallan.
Las virtudes y defectos están a la vista. La historia es sencilla, mínima si se quiere: en una hostería a medio camino entre “algún lugar” y el pueblo de Red Rock, ocho personajes van a tener que convivir, aislados por la nieve incesante que azota las paredes. La primera hora de película, que casi no sale de adentro de la carreta dónde viajan los primeros cuatro, nos da el tono del relato y, gradualmente, empieza a desplegar las tensiones que van a ir acumulándose hasta explotar, literalmente, en la cara del espectador. Hablamos de Estados Unidos en algún punto no muy lejano después de la Guerra de Secesión, en un camino nevado y tormentoso de Wyoming. La llanura pálida y solitaria, que se extiende por cientos de kilómetros y años de historia cinematográfica, es tierra de nadie, sin amparo ni ley. Quizás en este contexto, el espacio conocido del western y sus destilados, es dónde la película choca por primera vez con los conceptos establecidos. Los Ocho Más Odiados juega a ser un western, pero no lo es. Al menos, no de la manera en la que maestros como John Ford o Sam Peckinpah no enseñaron que debía ser.
Es posible que en este punto quién suscribe se muestre más afecto a algunos personajes que a otros, pero me parece necesario retratar, aunque brevemente, a estos primeros cuatro protagonistas, porque son quiénes, encerrados luego con los otros indeseables, van a desgarrar la historia y darla vuelta hasta llegar a una extasiada Mostrando Hateful3.jpgconclusión. En primer lugar, el cazarrecompensas John Ruth, un obvio y necesario Kurt Russell, que se mueve y habla rozando el estereotipo: es machista, grosero, racista y abusivo. A su lado, la delincuente Daisy Domergue (una increíble Jennifer Jason Leigh, que posiblemente sea la mejor actuación de la película), a quién Ruth va esposado, porque, en un curioso sentido del deber, prefiere llevar vivos a los criminales hasta la horca; cuándo los ve retorcerse y morir a manos del verdugo, y no como obra de sus propias manos, es cuándo siente que, verdaderamente, se ha hecho justicia. Después, para darle otra cara al oficio de Ruth, aparece el también cazarrecompensas Marquis Warren, interpretado por Samuel L. Jackson, un ex soldado negro de la Unión que maravilla a los blancos blandiendo una carta que el mismísimo presidente Abraham Lincoln le escribió. Para terminar, entra en escena Chris Mannix (Walton Goggins, un verdadero hallazgo) un buscavidas poco fiable que dice ser el nuevo sheriff de Red Rock.  Es entre estos cuatro polos del universo taratiniano dónde van a batirse las primeras tensiones. Los golpes y maltratos de Ruth hacia Domergue podrían denunciar el machismo y la soberanía del hombre en una sociedad patriarcal, y los cruces entre Warren y Mannix dan cuenta de un racismo que, si bien desfavorecía (y sigue desfavoreciendo) a la población negra, genera odios encarnizados en ambos bandos. Mannix sostiene que “cuando los negros tienen miedo, es ahí donde los blancos están seguros”, y Warren apoya su fama en ser un asesino sanguinario de “chicos blancos”, llegando a prender fuego incluso a soldados de su misma facción.
En este juego dónde nadie tiene una cara favorable, la película abandona la carreta y se mete de lleno en la hostería, dónde esperan los otros cuatro para estrujar el tono al que veníamos acostumbrados e iniciar una cacería dentro de cuatro paredes. Un conflicto detectivesco de engaños y destellos de violencia que a su vez permite destacar a Tim Roth, en el papel del verdugo Oswaldo Mobray, con una muestra imprescindible de elegancia y malicia.
¿Y cuáles son los defectos, entonces? No muchos. La duración podría haber sido otra, un poco menor, pero al final no termina de molestar. El guión, si bien está lleno de trampas y de los diálogos siempre ingeniosos de Tarantino, no deslumbra y hasta peca de simple. Son los actores, y una fotografía artesanal, casi palpable, los que llevan adelante una película que no es una obra maestra, pero sí una muestra más del talento arrollador de su director, esta vez más chico, más moderado, pero siempre efectivo.
Queda esperar que el siguiente paso no sea en falso, que Tarantino no termine por tragarse a Tarantino (como sucede con Wes Anderson, que alcanzó la cima de su genialidad con El reino bajo la luna pero se volvió insoportablemente wesandersoniano con El gran hotel Budapest), y que la fiebre de la expectativa no derrumbe, otra vez, un estreno destacado. Aunque esto puede ser inevitable. Si es así, nos queda mirar hacia atrás, volver a ver las grandes películas de Tarantino vacíos de incertidumbre, y dejar que nos sorprenda. Ver una vez más Los ocho más odiados, y ver que es una buena película.

30 enero, 2016

Sobre el Autor

Marcos Ojea