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Transición, disputas y reagrupamientos

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El derrumbe de la lira turca, las sanciones contra Rusia, la guerra comercial con China y el abandono del acuerdo nuclear con Irán son parte de la agenda beligerante de Estados Unidos contra esos países. La vuelta a la lógica unilateral neoconservadora, con la impronta propia que le imprime el presidente Donald Trump, mueven la estantería de la ingeniería geopolítica que construyeron los globalistas durante la era Obama.

Antes del arribo del magnate neoyorquino a la Casa Blanca, los demócratas optaban por la disputa pacífica y diplomática con China, la alianza con Turquia (por su importancia militar y regional) y el consenso con Irán para evitar males futuros. Rusia, por su parte, estaba en lista de enemigos de la administración norteamericana y el país del norte avanzó en las sanciones luego de la crisis en Ucrania.

Lo que no quería Estados Unidos, tal como lo sugirió el consejero en Seguridad Nacional de Jimmy Carter y principal asesor geopolítico de Barack Obama, Zbigniew Brzezinski​, era evitar una alianza fuerte en Eurasia pensando en un robustecimiento de lo que hoy puede expresarse en la Organización para la Cooperación de Shangai o la Unión Económica Euroasiática con China, Rusia, India e Irán como principales actores.

 

Viejos aliados, nuevos enemigos

El hecho aquí es que Estados Unidos dio una muestra de unilateralidad internacional, pero también de su poder de fuego para instrumentar su ofensiva contra estos países. Como bien explicó el analista internacional y especialista en Turquía, Martín Schapiro, en una nota publicada en Panamá Revista,  “la Lira turca, venía depreciándose a un ritmo sostenido de 1-2% diario desde que, una semana antes, el gobierno norteamericano anunciara sanciones simbólicas contra los ministros de Justicia e Interior turcos”.

Además, las diferencias turco-norteamericanas se remontan al intento de golpe de Estado contra el presidente Erdogan en 2016 y la acusación del Gobierno y posterior pedido de extradición para el clérigo Fetulah Gullen por presunto instigador. Obama primero y Trump luego, se negaron a ese reclamo. Más cerca en el tiempo, la puja de los otrora aliados estratégicos  involucra a Andrew Brunson, pastor envangélico con residencia en Turquía, detenido y acusado de colaborar con el separatismo kurdo y el grupo de Gülen. El reclamo de liberación de Estados Unidos vino acompañado del pedido de extradición de Gullen, sin éxito.

A su vez, Erdogan pidió por la ciudadana turca Ebru Ozkan, detenida en Israel bajo cargos (también flacos) de colaboración con Hamas. Luego de una serie de reuniones y versiones cruzadas, nada de esto avanzó y Estados Unidos aplicó sanciones que Schapiro detalla de manera muy clara: “El jueves 2 de agosto se conocieron las primeras sanciones. Congelamiento de eventuales activos en los Estados Unidos de los ministros turcos de Interior y Justicia, y prohibición para las entidades norteamericanas de realizar transacciones con ellos. Sanciones similares a las que habían sido utilizadas contra Rusia, Irán, Corea del Norte o Venezuela, eran dirigidas ahora contra un aliado formal. La lira, ya sometida a presiones debido a las excentricidades de la política monetaria turca, y su dependencia de los flujos de capitales externos, acentuó su tendencia a la depreciación”.

De esta manera, dos aliados estratégicos en Medio Oriente y la OTAN pasan por un momento más que complejo del que habrá que ver si hay tiempo para la recomposición.

 

Irán: el enemigo de siempre

Por su parte, el abandono del acuerdo nuclear con Irán no fue sorpresivo. En primer lugar porque la nueva gestión estadounidense no incluye acuerdos globales, mucho menos si este involucra a un enemigos histórico, no solo de la Casa Blanca sino de Israel, con quien la administración Trump ha vuelto a tener relaciones carnales, por más que esto venga acompañado de una inestabilidad en la región, generarada, por ejemplo, por el traslado de la Embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén.

Las sanciones contra el gobierno islámico apuntaron al comercio de oro y otros metales preciosos y su industria automovilística. Trump confirmó que Estados Unidos emitirá sanciones más severas en noviembre contra las ventas de petróleo y al sector bancario. Esto puede ser letal en una economía con desempleo, inflación y un devaluación de la moneda desde abril.

Yemen, Siria, Líbano y la puja histórica con Israel y Arabia Saudita parecen ser motivos de sobras para hostilizar a un enemigo que, paradójicamente, había aceptado las condiciones de occidente para desarrollar un plan de actividades nucleares, aumentando el tiempo que necesitaría para producir una bomba atómica.

A pesar de los intentos de la Unión Europea mediante beneficios económicos como para persuadirlo a permanecer en el acuerdo, todo indica que uno de los logros más importantes de la era Obama está por sufrir su tiro de gracia.

 

El tire y afloje con Rusia

En el mismo tren de hostilidades aparece Rusia. Independientemente de la cordial reunión que tuvieron Trump y Putin en Helsinki hace algunos meses, la Casa Blanca impuso sanciones contra el Kremilin por el misterioso caso del exespía Serguei Skripal que, según entendieron los gobiernos de Gran Bretaña y Estados Unidos, tanto él como su hija intentaron ser asesinados por Rusia mediante un gas tóxico llamado Novichok que solo puede producirse en allí.

Las sanciones empezarán a regir este lunes 27 de agosto y serán las primeras de una tanda que continuaran, aparentemente, en septiembre. Afectaraán a fuentes de ayuda extranjera y venta de armas, además de rechazar cualquier crédito de EE.UU. a Rusia, incluidos préstamos a través del Export-Import Bank. Según la Casa Blanca, si la situación no se modifica, la segunda oleada de sanciones verían afectadas exportaciones e importaciones, cancelaciones de vuelos internacionales y una posible ruptura de relaciones diplomáticas. Para que esto suceda, Rusia debería confesar un intento de asesinato del que ya dijo que no tiene ninguna vinculación.

Los intereses de ambas naciones se cruzan en Siria y Ucrania y la hostilidad de Occidente se profundizó a partir de la crisis en Ucrania y la anexión vía referéndum de la península de Crimea de parte de la Federación Rusa. Si Trump, como ha manifestado en varias ocasiones, desea una buena relación con Rusia para construir un contrapeso en su cruzada con China, deberá ser el que el ponga paños fríos en una tensión que, en palabras de Vladmir Putin, está impulsada por el establishment político que gobierna la potencia norteamericana.

 

La batalla para aislar a China 

Estados Unidos avanzó su escalada de tensión con China desde el primer momento. Para Trump, el gigante asiático es responsable de una competencia desleal que perjudica a los productos norteamericanos.

Lo último que se supo en esta novela es que ambas partes implementaron aranceles punitivos de un 25 por ciento sobre bienes del otro por valor de 16.000 millones de dólares.

Esta disputa tiene sus marchas y contramarchas y excede el aspecto comercial. Se trata de una disputa por la hegemonía del mundo en contexto de fuerte transición planetaria. China y Estados Unidos son las dos potencias más importantes del mundo que buscan repartir el territorio internacional. El gigante asiático construyó una fuerte hegemonía en Africa y, a través de la ruta de la seda, instrumentará un dispositivo de financiamiento, especialmente en el área de infraestructura que lo ubica como el garante del libre comercio global, lugar que dejó Estados Unidos luego del cambio de gobierno en 2016.

En América Latina, la disputa es clara. Esta semana Uruguay se sumó a la ruta de la seda siendo el primer país de la región en hacerlo y El Salvador rompió relaciones con Taiwan, decisión repudiada por Washington, en un claro gesto a la República Popular China. Además, el país asiático sostiene a las convulsionadas Venezuela y Nicaragua y tiene fuertes relaciones con Chile, Perú y Brasil, a pesar de las intenciones de la potencia sudamericana de reforzar lazos con los norteamericanos.

Estados Unidos tiene profundos lazos con Paraguay, Colombia y países centroamericanos como Honduras, Guatemala, Panamá y Costa Rica y cuenta con el amor incondicional de la Argentina de Mauricio Macri, aunque no es correspondido con inversiones ni virtuosas relaciones comerciales.

Al punto tal llega la guerra chino-estadounidense que involucra a las principales potencias continentales en la trama del “Lava Jato argentino”, que tiene al poder judicial operando contra Cristina Kirchner y buena parte de sus exfuncionarios. El colega Lisandro Sabanés lo detalló en Letra P al decir que “en los cuadernos están el intereses norteamericano de “America first again”de Trump en materia comercial, sin preocuparse o, al contrario, ocupándose de desplazar a los empresarios latinoamericanos de los contratos de la obra pública”. Esto complementa dos puntos calves como los intereses chinos en Electroingenieria, con uno de sus directivos argentinos en prision y la visita por Brasil, Argentina, Chile y Colombia del Jefe del Pentagono, Jim Mattis, y la reunión del Ministro de Defensa argentino, Oscar Aguad con su par estadounidense, en un contexto de éxodo de los países aliados de Whashigton de la Unasur y la incorporación de Colombia a la OTAN. En esa línea, podemos sumar a Ecuador, buen aliado de China durante el correismo, pero que con Lenín Moreno consolidando su viraje a la derecha, Estados Unidos recuperó su influencia en la ofensiva judicial (con Fiscales y jueces formados en EEUU) contra el expresidente, la salida del país de ALBA y UNASUR, la amenaza con quitarle la protección diplomática al fundador de Wikileaks, Julian Assange, y la apertura de una base militar “itinerante”, según denunció el Canciller Ricardo Patiño.

Estados Unidos está llevando a cabo una Doctrina Monroe del siglo XXI, tal como dijimos en una nota escrita en este mismo sitio el 14 de noviembre de 2016, luego de la victoria de Donald Trump sobre Hilary Clinton. Allí sostuvimos: ¿Volverán los americanistas a pensar un esquema de conducción unilateral y aislacionista? Esta misma pregunta se la hacen muchos países del mundo. Si Trump obtuvo el triunfo en gran parte por oponerse a la política de libre comercio, ¿Cuál será su política para la región y la relación con el resto de los bloques de poder mundial? Para esto tenemos que entrar en el terreno de las especulaciones y suponer que liquidado el TTP lo que viene para América Latina en términos comerciales serán los Tratados Bilaterales de Inversión, acuerdos de libre comercio entre Estados Unidos con cada país. Un sistema clásico similar a la propuesta del ALCA de George Bush con el centro puesto en Estados Unidos (la sede del ALCA iba a ser Florida) y sin maquillaje como el que hoy muestra la Alianza del Pacífico que funcionaría como satélite del TTP. Este sistema de integración deberá reconfigurarse ya que los cuatro países miembros de la Alianza del Pacífico pregonan un regionalismo abierto que también incluye a China y, en opinión de quien escribe, lo que se viene en la región es una nueva Doctrina de Monroe del siglo XXI en donde la “América para los americanos” buscará aislar a la región de China pero de una manera más directa y unilateral.Si esta situación se diera, los países de la región están en problemas. “El supermercado del mundo” del que hablaban algunos presidentes sudamericanos parece volverse un poco más acotado. El mundo se cierra, y los que vinieron a proponer la vuelta al mundo se enteraron que cuando llegamos ya no había nadie. Si países como Chile, Colombia, Perú, Argentina y hace unos meses Brasil diseñaron una política económica basada en la lluvia de inversiones, endeudamiento y comercio multilateral, requerirá de una fuerte reconfiguración y análisis. Aquí habrá un dilema si es que la gestión Trump propone una relación unilateral y subordinada. De todas fomras, es un momento regional adecuado para repensar los mecanismos de integración, revitalizar el Mercosur y Unsaur y construir un piso de coincidencias sustentado en la inteligencia (y supervivencia) sin tirar a nadie por la ventana. ¿Sirve un Mercosur flexible y abierto cuando los centros de poder se cierran? Los países sujetos al intercambio comercial global y a la llegada de inversiones, ¿Abandonarán la relación con China para subordinarse a la estrategia americanista? Para esto es necesario menos ideología y mas inteligencia”.

La puja parece estar muy lejos de finalizar y los escenarios se multiplican, en América Latina, Corea del Norte o, porque no, el espacio exterior (como anticipó la Casa Blanca al decir que será el teatro de operaciones del futuro).

 

¿Unidos por el espanto?

En ese sentido, la beligerancia norteamericana parece obligar a los países que hoy están en fuerte disputa con la Casa Blanca a juntarse, tal vez, más por espanto que por amor. Entonces, ¿es posible una alianza entre estos países en contra de la lógica norteamericana? Lo primero que hay que entender para responder esta pregunta es que cada uno de estos países responden de manera prioritaria a los proyectos propios y existen algunos escenarios en los que los intereses podrían cruzarse.

Rusia y Turquía protagonizaron fricciones que llegaron al derribo de un avión ruso cerca de la frontera sirio-turca en 2015. En su momento, el Kremlin llegó a relacionar a Turquía con terrorismo de ISIS. Además, los turcos forman parte importante de la hostil OTAN que Occidente utiliza para rodear y amedrentar a Rusia. Esa tensión parece estar superada en la coyuntura actual, pero no por eso deja de estar atada con alambres.

Turquia e Irán también tienen historias diferencias que parecen difícil de salvar dentro de las internas en el mundo islámico entre chitas y sunitas. Como sea, la potencialidad de estos cuatro países es notoria en términos comerciales y militares. China, Irán y Rusia vienen coqueteando hace tiempo en el marco de la Organización para la Cooperación de Shangai y, sin dudas, coinciden en la construcción de un freno a los intereses norteamericanos en Medio Oriente y Asia Central. En esta transición en la que se encuentra el mundo, estos cuatro países serán protagonistas, siempre y cuando logren coordinar sus proyectos hegemónicos particulares en intereses estratégicos comunes.

El poder de fuego de la Casa Blanca es ineludible, pero la pesadilla de Brzezinski y Henri Kissinger puede volverse realidad al ver la construcción de un poderoso bloque eurasiático que también sume a la India. Cantidad poblacional, poderío militar y capacidad de complementación comercial puede ser un factor calve que siente las bases de una multipolaridad que existe aunque parezca desdibujada. La Unión Europea, por su lado, está inmiscuida en sus propias diferencias entre quienes sienten con fuerza el desprecio de la Casa Blanca y optan por mantener acuerdos globales y tejer relaciones con China y Rusia y los que deciden seguir sosteniendo un relaciones con EEUU, aunque esta se presente desigual. Básicamente, el bloque europeo continúa en el histórico dilema de ser un aliado subordinado de la Casa Blanca o adquirir niveles de autonomía relativa.

La agudización de las tensiones existentes ponen a Estados Unidos tensando la cuerda con adversarios que tienen capacidad de respuesta aunque, por el momento, parecen estar recalculando.

 

 

(1) http://www.resumendelsur.com/2016/11/14/la-nueva-etapa-la-crisis-mundial/

26 agosto, 2018

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata