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¿Y si volvemos a Latinoamérica?

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En octubre de 2015, en plena carrera electoral y con un balotaje a la vista, el diario Clarín publicó una nota suscripta por Marcelo Moreno donde, en un explícito ejercicio de eurocentrismo, titula: “¿Y si volvemos a Occidente?” La brevedad de dicha nota no impidió que fuera sustancialmente gráfica de los intereses políticos en pugna que moldeaban aquella carrera electoral. Dos años y medio después cabe una misma pregunta de carácter general, esto es, en caso de que hubiera que volver a Occidente cuán cierto es que nos habíamos ido de allí, y se suma también otro interrogante de carácter particular, más precisamente si “volver a Occidente” era volver a endeudarse con el Fondo Monetario Internacional.

Es de público conocimiento que el gobierno argentino ha solicitado un crédito de 50.000 millones de dólares inaugurando un nuevo momento de la política nacional que expresa, a su vez, una matriz de acción de la política exterior de la actual gestión: el endeudamiento externo. La corrida cambiaria y la reaparición del organismo financiero  internacional, hoy conducido por Christine Lagarde, ofrece la oportunidad de pensar dichos sucesos en perspectiva histórica y en términos estructurales. En la siguiente nota se intentará echar luz sobre algunos aspectos que se consideran de particular importancia.

 

Origen del FMI y relación con Argentina

El Fondo Monetario Internacional es un organismo financiero internacional que se creó en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Expresa la institucionalidad que edificó el bloque occidental liderado por Estados Unidos en el marco de un mundo bipolar, donde la alternativa al capitalismo tenía a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como actor protagónico. Fue en el año 1944 cuando cuarenta y cuatro países suscribieron los Convenios Constitutivos del FMI y del Banco Mundial preparados en la conferencia de Bretton Woods. Sobre estas bases comenzará a funcionar el FMI, más precisamente en 1947  cuando otorga el primer préstamo a Francia por 25 millones de dólares, momento que es coincidente con la fundación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) que luego dio lugar a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Vemos de esta manera la raíz histórica del organismo en cuestión, remite a la mitad del siglo XX y se enmarca en el reemplazo de Gran Bretaña por Estados Unidos como principal potencia capitalista y de la libra esterlina por el dólar como moneda de transacción internacional.

Con respecto a nuestro país, la relación con el FMI comenzó en 1956 una vez derrocado el gobierno justicialista de Juan Domingo Perón. En ese entonces, Argentina asistía a una de las tantas dictaduras militares que la asolaron durante el siglo XX, más precisamente a la autodenominada “Revolución Libertadora” que condujeron los militares Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu. El gobierno de facto decidió incorporar el país al organismo a través de un pedido de asistencia financiera y, tras desnacionalizar los depósitos bancarios y anular la reforma constitucional de 1949, deja 1.100 millones de dólares de deuda externa.

Adelantándonos en el tiempo, es importante agregar que la ofensiva neoliberal inaugurada con la dictadura cívico militar de 1976 y profundizada durante la década del ’90 tuvo al FMI como actor de gran peso. En este sentido, resultan emblemáticos los acuerdos establecidos por el entonces gobierno de Fernando De la Rúa en el año 2000, popularmente conocidos como blindaje y megacanje. Dichos acuerdos implicaron un desembolso crediticio de aproximadamente 48.000 millones de dólares cuyo desenlace posterior es harto conocido: una de las mayores crisis económicas e institucionales de la República Argentina.

La primera década del siglo XXI ofrecerá un panorama diametralmente opuesto a las etapas previas luego de la decisión de Néstor Kirchner de saldar en un solo pago los 9.500 millones de dólares de deuda con el organismo internacional con sede en Washington. Desde ese momento hasta el anuncio realizado por el presidente Macri el pasado 8 de mayo, la relación con el FMI no había superado la revisión de cuentas o las recomendaciones de carácter no vinculante. Hubo que esperar a la última decisión de gobierno para que comenzara una nueva etapa, la cual incluye el otorgamiento de un crédito y una serie de condicionalidades que remiten a un ajuste económico.

 

Cuellos de botella económicos y un nuevo giro pro-mercado

En una reciente nota publicada en Le Monde Diplomatique por el antropólogo Alejandro Grimson titulada “La Cultura de la Crisis”, el autor echa luz sobre el concepto de crisis, lo desglosa y diferencia sus causas de sus interpretaciones sociales y culturales. A partir de ello se centra en la actual crisis argentina (de carácter acotado según su interpretación conceptual) desatada por la corrida cambiaria y en cómo el traspié producto de políticas neoliberales es saldado con un nuevo giro pro-mercado. Identifica allí, desde la perspectiva de quien suscribe, el punto más paradójico de lo que enfrenta hoy la Argentina: tras el fuerte traspié producto de las políticas aperturistas y desreguladoras, se anuncia que el remedio será profundizar el modelo. Modelo cuyos pilares son la valorización financiera y el endeudamiento externo, el cual en dos años y medio de gestión y de acuerdo a afirmaciones del economista Andrés Asiain, suma aproximadamente 100.000 millones de dólares en créditos en moneda extranjera.

Esta es la coyuntura actual. Pero vayamos más atrás para intentar llegar al núcleo de la cuestión.

Como se dejó entrever en los párrafos precedentes, al iniciarse el siglo XXI nuestro país vivió un proceso político alternativo al actual y al que imperó entre 1976 y 2001. El mismo se caracterizó por un marcado proceso de desendeudamiento, reconstrucción del entramado industrial, reducción del desempleo, recomposición del salario real y ampliación de la cobertura jubilatoria, todo ello en el marco de políticas económicas que posibilitaron altas tasas de crecimiento durante varios años consecutivos. De acuerdo a un informe presentado en octubre de 2017 por el docente e investigador de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UNMDP, Magister Marcos Esteban Gallo, entre el primer trimestre de 2004 y el primer trimestre de 2015 el salario real promedio exhibió en nuestro país un incremento del 43% mientras que la tasa de desempleo llegó a ser del 5,9% para el tercer trimestre de dicho año. Por su parte, la política exterior apostó a la construcción progresiva de un bloque regional que tuvo en el eje Caracas – Brasilia – Buenos Aires a sus principales impulsores y cuyo objetivo fue construir márgenes de autonomía en las relaciones internacionales. Estos son solo datos parciales y no hacen al objetivo de la presente reflexión, pero sirven como pequeña radiografía comparativa de la situación a inicios del siglo XXI y cómo se había modificado transcurrida una década.

Lo que en cambio sí se busca plantear es que el kirchnerismo, a largo plazo, chocó con el problema de la restricción externa, es decir, la menor capacidad que tiene una economía para generar divisas (dólares) necesarios para afrontar sus necesidades de importaciones para el consumo, la inversión, la remisión, el pago de deuda y el atesoramiento. La restricción externa, determinada tanto por factores comerciales como financieros, puso de manifiesto los problemas estructurales de la economía argentina, la cual es básicamente exportadora de productos primarios e importadora de artículos industriales, maquinaria y equipo de producción. De acuerdo al informe económico citado anteriormente, cuando el producto crece, las importaciones (que son motorizadas por el mercado interno) aumentan más rápido que las exportaciones (que dependen de las condiciones del mercado mundial). En 2015, y por primera vez desde el año 2001, Argentina presentó un déficit comercial de 4.313 millones de dólares. Sin embargo, fueron principalmente los factores de orden financiero (formación de activos externos, pago de intereses netos, remisión de utilidades y dividendos, pago de los servicios de deuda) los que determinaron la restricción externa. El ahogo financiero en el frente externo tiene su síntesis gráfica en el conflicto con los denominados Fondos Buitre.

Sin adentrarse en especificidades técnicas, es evidente que los problemas económicos en el frente externo a los que asiste la Argentina invitan a rediscutir su modelo de desarrollo. La debilidad del proyecto kirchnerista y el estrechamiento de su base social durante el segundo gobierno de Cristina Fernández se explican también por la incapacidad para superar estos problemas de carácter estructural. Y si observamos a Brasil vemos que la situación presentó características similares. Por su parte, la actual gestión de gobierno ofreció ante esta problemática una “salida” de carácter ortodoxo, devaluación y ajuste que no resuelve los problemas estructurales sino que los agudiza restando capacidad soberana al estado nacional vía endeudamiento externo. Es tal el grado de vulnerabilidad que promueven estas políticas que dicha hoja de ruta se topó recientemente con sus propias limitaciones y tuvo que recurrir a la “ayuda” de un desprestigiado FMI.

 

El dilema es, al fin y al cabo, civilizatorio

Ante este estado de situación cabe entonces preguntar a quienes se asumen en oposición a la actual gestión de gobierno, ¿qué propuesta alternativa ofrecen a la sociedad para que no ocurra lo que plantea Grimson, esto es, crisis producto de políticas neoliberales cuya resolución es políticas del mismo tipo? En una economía de carácter global y creciente automatización del trabajo, ¿resulta suficiente apelar a políticas neokeynesianas? ¿O será momento de repensar el concepto de desarrollo desde una perspectiva política? A tal efecto resultan clarificadoras las afirmaciones del investigador y docente de la Universidad Nacional de Rosario, Dr. Oscar Madoery, quien diferencia dentro del pensamiento latinoamericano dos matrices de desarrollo: una de primacía económica basada en la aceptación y asimilación a los postulados de la modernidad occidental y alimentada históricamente a través de numerosas teorías como la de modernización, el neoliberalismo y el progresismo posmoderno; y la otra de primacía política, apoyada en la crítica a las relaciones desiguales de poder en la región donde la preocupación central es de política hegemónica, esto es, sobre cómo construir una dirección político cultural que conduzca un proceso de transformación integral donde la preocupación no se centre solamente en expandir las capacidades productivas de una sociedad como llave para que esta se desarrolle.

Sumemos al conjunto de interrogantes el hecho de que vivimos en un contexto internacional en transición histórica y marcado por una multipolaridad relativa que permite pensar horizontes alternativos al propuesto por la ortodoxia neoliberal. Como afirma el vicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera, la globalización neoliberal asiste a una crisis de legitimidad en el presente, es incapaz de encausar las esperanzas colectivas detrás de un horizonte político ideológico a la vez que no existe en su lugar nada mundial que articule dichas expectativas. El Brexit en el Reino Unido y el fenómeno Trump en Estados Unidos corroboran este postulado. A su vez, Latinoamérica como terreno en disputa, refleja la incapacidad que tienen los proyectos neoliberales de legitimarse ante la sociedad y se abren posibilidades de proyectos alternativos. La reciente elección de López Obrador en México o un posible retorno de Lula a la presidencia (hoy se debate su liberación) podrían expresar un nuevo momento político.

Entonces, si Occidente está en crisis y el neoliberalismo como orden civilizatorio (opera tanto en el plano internacional, nacional, local y a nivel de sociedades e individuos) no logró ser lo que prometió, ¿no será momento de volver a Latinoamérica? Sin negar la por demás visible e histórica influencia de Occidente sobre nuestra realidad, ¿no es momento de rediscutir todo? Dada la dinámica cíclica de una economía capitalista periférica, ¿alcanza solamente con garantizar la expansión del consumo para legitimar proyectos nacional-populares?

¿O acaso el dilema no es de carácter civilizatorio?

 

 

Fuentes de consulta

 

 

11 julio, 2018

Sobre el Autor

Jesús Rodríguez

Licenciado en Relaciones Internacionales