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Crónica de un secuestro

Foto: PT.

¿Puede Lula salir beneficiado luego del bochorno protagonizado por el Tribunal Federal Regional de ayer? Esa es la pregunta que sobrevuela luego de las idas y vueltas en torno a su liberación. Difícil pensar un escenario positivo teniendo en cuenta que el expresidente está detenido hace tres meses.

Para entender un poco más el complejo panorama brasilero es necesario pararse sobre algunas certezas.

En primer lugar, los cruces entre magistrados cristalizaron el nivel de arbitrariedad con el que el poder judicial se maneja en el caso Lula que, sin elementos jurídicos serios, se consolida la teoría petista que indica que lo que sufre el ex mandatario es una injusta persecución política que tiene al mediático juez Moro con el apoyo de las corporaciones económicas de un lado y las fuerzas políticas y sociales que ven como se desmorona la democracia en la primera potencia económica de América Latina, por el otro.

A su vez, la decisión del presidente del Tribunal Regional Federal  de Porto Alegre, Carlos Eduardo Thompson Flores, de mantener en prisión a Lula confirma las fisuras en el poder judicial, reafirma la línea del Partido de los Trabajadores y agiganta la figura de Lula Da Silva como el preso político más conocido del mundo que, además está secuestrado por un justicia politizada y empachada de poder.

Como toda disputa, la evaluación debe hacerse en función de la correlación de fuerzas de los sectores en pugna. Es ese sentido, los factores de poder cuentan con el  apoyo y la capacidad de fuego que implica el control de los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas, los sectores productivos, las relaciones internacionales y gran parte de los estamentos judiciales.

Mientras tanto, el PT y sus aliados cuentan con la espalda electoral de su líder que no hoy no alcanza para condicionar la decisión de los jueces. El segundo punto que el PT quiere (y debe hacerlo con celeridad) es reforzar la movilización, un factor clave cuando las instituciones democráticas son corrompidas por oscuros intereses pero el conjunto de las fuerzas sociales, políticas y sindicales no han podido explotar.

La permanencia en prisión de Lula se explica, en parte, por la falta de masividad de las protestas. ¿Se imaginan un escenario de estas características en Argentina?  El conjunto de intereses que se apoderó de la democracia brasilera no temen en pagar el costo político de sus actos y si las manifestaciones no crecen el horizonte futuro no será nada alentador. ¿Se encenderá la chispa?

De todas formas, es importante remarcar que las fisuras dentro del poder judicial demuestra que la prisión de Lula es política y, por lo tanto, deberá ser debatido en esa arena. Esta situación divide a jueces de segunda instancia y magistrados del supremo que cuestionaron el accionar de Moro.

En ese sentido, Sergio Moro parece jugar con todo para ser la cara de la justicia contra  la corrupción pero cada día que pasa queda más claro que el hombre del Lava Jato hace más política que un candidato en campaña. Desde la detención (en tiempo récord) al expresidente, Moro fue condecorado en Estados Unidos y es el ejemplo de modelo de judicial de aquellos países como Argentina y Ecuador que quieren utilizar el poder judicial para disciplinar, perseguir y encarcelar a opositores. Ya no es posible pensar que el sustento de una detención como la de Lula está basada en elementos técnicos, y si existía alguna duda ha quedado saldado con el mamarracho del último domingo.

En diálogo con este medio hace algunos meses, el senador del Partido de los Trabajadores Humberto Costa dijo que “Sergio Moro es un psicópata”. Con todo lo que ha sucedido alrededor de su figura, podemos concluir que el mediático juez es un poco más que eso.

Brasil es un polvorín y los grupos de poder que tomaron por asalto el Palacio de Planalto cambiaron las reglas del juego de la democracia con las más absoluta impunidad. Desde la destitución de Dilma Rousseff que la excepción es la regla en Brasil y la Constitución fue reemplazada por la convicción de un puñado de jueces que le tomaron el gusto a tener secuestrado al hombre que sacó de la pobreza a 40 millones de personas y, de poder presentarse, ganaría en primera vuelta sin demasiados sobresaltos.

Evidentemente no quieren la vuelta de Lula al poder porque saben que las trasnacionales que están beneficiándose con un gobierno títere verán perder sus privilegios. Lula significa muchas cosas que el poder real no está dispuesto a tolerar. Con el secuestro de Lula, lo que está secuestrada es la democracia.

 

9 julio, 2018

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata