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Maduro re-electo ¿Todo sigue igual?

 

maduro

Nicolás Maduro ganó las elecciones en Venezuela en unos comicios cuestionados aún antes de realizarse. ¿Alguien esperaba otra cosa? La respuesta es no. Los detractores de Maduro esperaron agazapados el momento para desconocer los datos oficiales y el chavismo no da el más mínimo espacio para discutir las supuestas irregularidades. Es necesario preguntarse si el gobierno de Nicolás Maduro sale fortalecido tras el 68 % y qué es lo que puede cambiar esta elección.

Como siempre sucede en los debates sobre Venezuela, las pasiones le ganan al análisis y las posturas que hegemonizan los debates públicos giran en torno a “Dictadura cruel” vs “Democracia socialista revolucionaria”. El presente análisis intenta correrse de ambos razonamientos con el objetivo de encontrar un espacio más racional a la hora de entender e identificar lo que pasa en el país bolivariano.

 

Radicalización de la confrontación

Desde la muerte de Hugo Chávez, los escenarios de confrontación se agudizaron. En 2014 la oposición más reaccionaria liderada por Leopoldo López se movilizó con el único objetivo de derrocar a Nicolás Maduro que había ganado ajustadamente las elecciones en 2013 contra Henrique Capriles. La estrategia denominada “la salida” incluyó artefactos mortales como las “guarimbas”. Como respuesta, se produjo la represión de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, que vino acompañada de la detención de López en un proceso judicial exprés. Luego de la victoria electoral opositora de la Mesa de Unidad Democrática en 2015, la disputa se trasladó a los poderes del Estado y con ello una paralización del normal funcionamiento de las instituciones. Además, la derecha quiso ir más allá y comenzó la campaña para una nueva Asamblea Nacional Constituyente que “termine con el sistema” e inició el proceso para un referéndum revocatorio que saque del poder al presidente. Mientras tanto, la caída de los precios del petróleo, la inflación acelerada y el desabastecimiento comenzaron a pintar un panorama desolador para los venezolanos. Al mismo tiempo, Barack Obama firmaba el decreto que declaraba a Venezuela una amenaza para la seguridad nacional norteamericana. Y para colmo de males, Maduro se quedaba sin aliados luego de la derrota del kirchnerismo en Argentina y la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, dando inicio a la expulsión del país del Mercosur.

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En 2017, la violencia volvió a dejar ciento de muertos y enrareció aún más el escenario, con un Gobierno autoritario sostenido en sus Fuerzas Armadas y una oposición dispuesta a sacar al chavismo del poder, aún desconociendo los poderes del Estado y apelando a la violencia. Este panorama encontró calma gracias a la audacia política de Nicolás Maduro que decidió movilizar su fuerza social para elegir integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente e iniciar el proceso de normalización del calendario electoral. De julio de 2017 a mayo de 2018 se realizaron cuatro elecciones, todas ganadas por el chavismo, dos de ellas sin participación opositora.

Así llegamos a la situación actual, con el Gobierno abrazado al 68 % (mentiroso, dada la baja participación) y dos líneas opositoras que no lograron acordar: por un lado el sector moderado de Henri Falcón y por el otro la línea dura que jugó a la abstención. Como el escenario parece radicalizarse, la oposición moderada queda en un difícil lugar, dado que la disputa se centra en los dos polos que se anulan entre sí.

 

¿Qué puede pasar?

El chavismo le dará más poder a la Asamblea Nacional Constituyente y seguirá postergando a la Asamblea Nacional (de mayoría opositora). Profundizará, a su vez, la retórica contra el Grupo de Lima, Estados Unidos y la Unión Europea. El gobierno venezolano descansa en la relación con la República Popular China para contrapesar el aislamiento y la presión ejercida por sus enemigos. ¿Alcanza? Dependerá de la velocidad que los detractores le impriman a su estrategia para desestabilizar el proceso.  ¿Se animarán a imponer un embargo petrolero? Los rumores son cada vez más fuertes.

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La oposición dura tiene otra oportunidad para diseñar una nueva estrategia que ponga a Venezuela en el centro de la agenda mundial. Desde el punto de vista institucional podría reflotarse un proceso de referéndum revocatorio que ponga en las urnas el voto de muchos de los votantes que decidieron no ir a votar y prepararse electoralmente para las elecciones parlamentarias que, dada la actual situación, no sería extraño que el Consejo Nacional Electoral las adelante. No presentarse significaría devolverle la hegemonía al oficialismo en todos los poderes del Estado.

Como sea, lo que se viene es una situación similar a la del 2015-2016, tal vez con presiones aún más fuertes de las potencias centrales.

 

No todo lo que brilla es oro

Nicolás Maduro y todo el esquema oficial celebró con alegría la victoria, considerando el 68 % como “histórico”. Lo que omiten son algunos datos claves que desmuestran una pérdida de apoyo electoral, no solo en presidenciales anteriores (2006: 62%, 2012: 55% y 2013: 50%, pero con altísimos niveles de participación y una abstención de alrrededor de 20 %) sino también en relación a la cantidad de votos entre la Constituyente de julio de 2017 (8 millones) con los votos cosechados el 20 de mayo (casi 6 millones). ¿A dónde fueron a parar esos dos millones de votos que apoyaron al oficialismo?

Mientras la oposición se aleje de la disputa electoral, el gobierno venezolano seguirá ratificándose, aún con los fuertes cuestionamientos sobre la legitimidad de los comicios.

Por último, cabe destacar que Venezuela no es un territorio exclusivo en la baja de participación. Juan Manuel Santos fue reelecto en 2014 con una participación del 40,6 % de los colombianos, mientras que Sebastián Piñera logró la victoria con un 46, 7 % de participación. Esto sirve para analizar las condiciones en las que un mandatario asume el poder, pero no precisamente para deslegitimar un proceso electoral.

Venezuela no vive una democracia ideal y está bastante lejos de ser el país de Hugo Chávez, en el que convivían participación popular, inclusión social y reducción de pobreza e indigencia. La Venezuela de Maduro es un país con muchas necesidades y un creciente autoritarismo en el cual la violencia es parte de la “resolución” de los conflictos. Descansar en la resistencia no puede correr el eje de la urgencia que implica mejorar la calidad de vida de los venezolanos. Muchos aún siguen confiando, a pesar de las circunstancias.

 

 

 

21 mayo, 2018

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata