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Correr la frontera de lo posible

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Lula cumplió un mes en prisión y su detención es un símbolo de la situación actual de un Brasil que cada día amplía la frontera de lo posible, hiriendo de muerte a la democracia.

¿Por qué Lula sigue detenido si no existen pruebas para condenarlo? Esta es la pregunta que recorre las mentes sensatas de hombres y mujeres que siguen de cerca los acontecimientos en el vecino país. La respuesta puede dividirse en dos.

La primera es lógica y gira en torno a ese bloque de poder de cuatro patas que gobierna al gigante latinoamericano. Está integrado por el poder judicial, los grupos económicos y mediáticos, las Fuerzas Armadas y la derecha que ahora conduce el Poder Ejecutivo y controla el Parlamento. La segunda es más compleja e incómoda para los seguidores de Lula y los defensores de la causa de la Patria Grande Latinoamericana, pues la movilización no es lo suficientemente masiva para ser un factor determinante.

El autoritarismo es pieza clave de todo modelo neoliberal Click To Tweet

 

Primero lo primero.  Lula es víctima de un sistema judicial perverso que, sin pruebas, es capaz de privar de su libertad a un ser humano con el valor agregado que la persona detenida es el presidente más popular de su historia reciente. Es decir, a este poder judicial no le tembló el pulso para encarcelar al candidato que más mide en las encuestas y sembrar un clima de incertidumbre en el país. Quien vertebra esa estrategia es Sergio Moro y su doctrina basada en tres elementos fundamentales:

  1. La alianza con los medios de comunicación para “defender el proceso de investigación” y garantizar el apoyo de la opinión pública.
  2. Un estrecho vínculo con la sociedad civil, especialmente vinculada con Organizaciones sin Fines de Lucro que cuentan con financiamiento internacional.
  3. La delación premiada. Un mecanismo en el cual los condenados por delitos comprobados negocian con la justicia para la disminución de la pena, la prisión domiciliaria o directamente su absolución.

Con estos tres puntos, el poder judicial opera como un suprapoder en donde solo la convicción del juez es necesaria para detener a un individuo sin condena firme. La otra pata del esquema gobernante es el mercado expresado en dos sectores fáciles de identificar: la Federación de Industriales de San Pablo (más conocida como “Burguesía Paulista”) que cada día es más financiera que industrial y los grandes medios de comunicación que generan sentido y legitimidad en buena parte de las sociedad.

El círculo se cierra con un poder político genuflexo que subordina el Ejecutivo y el Legislativo a los dos anteriores. Dos leyes rápidamente aprobadas como la reforma laboral y la Ley de Participación Pública Privada luego de la destitución de Dilma Rousseff son un ejemplo de la nueva obediencia a los mercados. El actor restante es el poder militar que, como nunca desde el retorno de la democracia, opina de manera diaria de los asuntos de Estado y azuza con “restaurar el orden” si los planes no salen como se espera. El autoritarismo es pieza clave de todo modelo neoliberal.

La OEA y el bloque liberal de la región cerraron los ojos ante la crisis de la democracia… Click To Tweet

 

El escenario es claro y el bloque de poder se beneficia, o al menos eso creen, con Lula afuera de la cancha y ningún oficialista moviendo la aguja. Tal vez porque creen que construyen un candidato en cinco minutos con algunos minutos de aire en la cadena O ‘Globo y varias entrevistas en la Revista Veja. Lo cierto es que candidatos tradicionales como Geraldo Alckmin o Marina Silva parecen no beneficiarse con el clima político imperante. De los outsiders tampoco surge un candidato claro: Jair Bolsonaro parece demasiado reaccionario, Joaquim Barbosa tiene algunos postulados progresistas y Joao Doria es una bomba de tiempo. ¿Probarán con el conductor de O’Globo Luciano Hocke que tiene el apoyo de Fernando Henrique Cardoso? Faltan cinco meses y todo está incierto.

Pero volvamos al punto, ¿por qué Lula sigue preso? Se entienden los motivos de sus adversarios que quieran reprimarizar la economía brasileña, bajar los costos laborales y consolidar el cambio de ciclo en la región que abandona el regionalismo autónomo y se subordina a los principales centros de poder. Pero una de las razones también pueden encontrarse en la debilidad del Partido de los Trabajadores que, desde la comodidad de la superestructura, desmovilizó a sus bases y corrido por los tiempos desde la destitución de Dilma está reconfigurando la única carta que tiene para incidir en el juego, ya que su ancho de espadas electoral está tras las rejas con el riesgo latente de ser inhabilitado después del 15 de agosto. Esa carta es la movilización, la única capaz de hacerle pagar el costo a los que quiere proscribir la candidatura del exmandatario.

La movilización social durante este mes fue permanente e intensa, pero no masiva. El activo organizado, aquel que se distanció del gobierno petista ante la ausencia de un programa de izquierda durante la presidencia de Dilma, es el que hoy está en las calles. El PT, el Movimiento Sin Tierra, agrupaciones de izquierda y la Central Única de Trabajadores de Brasil están constituyendo una alianza que puede ganar la elección con Lula, pero que no está siendo determinante. Ellos necesitan a Lula para ganar, pero paradójicamente es Lula quien necesita de todos ellos.

El riesgo más grande que tiene Brasil es naturalizar la existencia de presos políticos Click To Tweet

 

Está a la vista que los millones de brasileños que votarían por Lula en las próximas elecciones no están movilizándose para pedir su liberación. Esto no quiere decir que no vean en su detención (y posible proscripción) un atentado contra la voluntad popular. Mientras esperamos que eso suceda, las cartas de la defensa de Lula se reducen a la buena voluntad de los jueces del Supremo Tribunal Federal y Organismos Internacionales como la ONU o la Corte Internacional de La Haya, ya que la OEA y el bloque liberal mayoritario en la región decidieron cerrar los ojos ante la crisis de la democracia brasileña y seguir apuntando con el dedo a los problemas de Venezuela. Como viene la mano, todo tiene sabor a poco.

La vanguardia de este proceso es la justicia que pretende aparecer como inmaculada y se para por encima de la Constitución, la presunción de inocencia y los derechos individuales. Esto es el LawFare, la forma en que la corporación judicial se dedica a disciplinar a quienes pueden ser incómodos para el poder. El experimento de este modelo arrancó a lo grande. En Brasil y ni más ni menos que con Lula. Si les sale bien, pueden seguir en Argentina, Ecuador o cualquier país que necesite de su aplicación.

El riesgo más grande que tiene Brasil es naturalizar la existencia de presos políticos y la violencia social y política. Correr la frontera de lo posible significa que la democracia no puede ofrecer alternativas. Si eso sucede, el horizonte aún es más alarmante de lo que parece.

 

8 mayo, 2018

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata