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Una breve historia sobre Einstein, Hawking, Wojtyla y el Big Bang

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La historia de las relaciones de la religión católica con la ciencia moderna está atravesada por cooperaciones y conflictos. La crítica a la religión como explicación sobrenatural del mundo es una de las marcas de identidad de la comunidad científica, sobre todo en la física y la biología. Bertrand Russell argumentaba en Por qué no soy cristiano (1927), que la Iglesia católica era la gran enemiga del progreso moral del mundo y que la religión podría superarse mediante la educación y la cultura, ya que era un resabio primitivo. Sobre esta afirmación se han situado desde entonces científicos militantes del combate a la religión como Richard Dawkins o el mismo Stephen Hawking. Aunque no es un discurso monocorde. El epistemologo Paul Feyerabend o el biologo evolucionista Stephen Jay Gould han afirmado que ciencia y religión son discursos epistemológicamente diferentes pero que pueden convivir sin conflicto.

Pero fueron los conflictos entre catolicismo y ciencia los hechos que más resonancia cobraron, ya que involucraron episodios violentos que marcaron, sobre todo, los primeros pasos de la autonomía del campo científico con respecto al pensamiento religioso, como los procesos inquisitoriales contra Giordano Bruno y Galileo Galilei. Pero incluso sobre estos episodios hay interpretaciones estereotipadas. Como señaló Lucien Febvre, el racionalismo de los siglos XVI y XVII distaba mucho de ser antireligioso y, a propósito, basta sólo con ver el misticismo de Isaac Newton como ejemplo de ello.

Esos vasoconductores entre religión y ciencia fueron desapareciendo desde el siglo XIX, aunque no podríamos argumentar que del todo. Aunque desde el papado de Pío nono el pensamiento científico de raíz positivista fue visto como un enemigo a combatir, no pocos sacerdotes se embararon en el estudio del universo y la naturaleza con ojos metódicos pero con un background religioso. El que más impacto produjo fue el jesuita Teilhard de Chardin, que trató de conjugar las teorías de la evolución darwinianas con el pensamiento católico. Pero para la historia que queremos contar, el cura belga Georges Lemaitre es más importante.

Lemaitre era astrofísico, y a partir de las proposiciones de la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, en 1927 llegó a la conclusión de que el Universo había sido creado por una gran explosión. Para el físico alemán, que todavía trataba de unificar sus propios postulados, esto no podía ser posible: que el Universo tuviera un origen olía demasiado a pensamiento religioso. Fueron las observaciones de Edwin Hubble en 1929, que confirmaban el movimiento expansivo del cosmos, las que obligaron a Einstein a darle la razón a Lemaitre. Quedaba conformada la teoría del Big Bang.

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El siguiente capítulo de la historia de la física del Universo se dedicó a formular las ecuaciones necesarias que explicaran aquel fenómeno. La teoría del Big Bang se conoce también como “Métrica de Friedman-Lemaitre-Robertson-Walker”, en homenaje a todos los que elaboraron la idea. Este modelo explica el desarrollo del Universo siguiendo 3 eras: la Era de Planck, la Era de Inflatón y la Era de Radiación y Materia. El primer momento se basa en las ecuaciones que postuló Max Planck, el “padre” de la física cuántica. Así, existiría un intervalo de tiempo en el cual las las fuerzas fundamentales del Universo estuvieron unidas, antes de la explosión. Pero la pregunta era: ¿y antes de Planck qué? Como ha sucedido en los últimos siglos, sobre aquellos lugares donde las explicaciones científicas plantean dudas pueden darse explicaciones sobrenaturales. Precisamente, sobre el tiempo de Planck existió una “controversia” luego de la visita de Stephen Hawking al Observatorio Vaticano en 1981.

Los papados católicos desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) se orientaban a dar muestras de un intento de conciliar, sobre límites, el dogma de la Fe y la Razón científica contemporánea. Karol Wojtyla había aceptado la teoría de Teilhard de Chardin -que no era otra cosa que una sutil “claudicación” ante Darwin- y el mismo vaticano, en base a los homenajes a Lemaitre, se arrogaba la paternidad de la teoría del Big Bang.

En 1981, Hawking fue invitado a un simposio sobre cosmología organizado por la Compañía de Jesús en el Observatorio del Vaticano. Este hecho acompañaba las iniciativas que impulsaba Roma para brindar una imagen moderna y aggiornada de la Iglesia. Así como con la biología evolucionista, Karol Wojtyla pretendía crear un puente de diálogo con el campo de la física. En paralelo, había conformado una comisión para revisar la polémica de la Inquisición con Bruno y Galilei -a quienes pidió disculpas en 1992, aunque lo justificara diciendo que había sido “un caso de mutua incomprensión”-.

Los astrofísicos jesuitas querían discutir con Hawking el origen del Universo. El observatorio del Vaticano realizaba desde hacía décadas estudios que se publicaban en prestigiosas revistas norteamericanas y británicas. Todos ellos participaban de la idea del Big Bang. Pero según contó Hawking años después en su libro Historia del Tiempo, Juan Pablo II puso un límite en el tiempo de Planck: no había que indagar en el momento de la “Creación”, porque eso le pertenecía a Dios.

El Vaticano se excusó luego de la publicación del libro de Hawking. En consonancia con el cambio religioso que había operado en Roma desde los años 60, Guy Consolmagno, el jesuita director del Observatorio Vaticano, afirmaba que el gran enemigo de la ciencia no era la creencia en Dios sino en la teoría del Diseño Inteligente, que sostenían algunas iglesias pentecostales norteamericanas. Según los jesuitas, era la misma ciencia moderna la explicación de Dios de las leyes del origen y la mecánica del Universo.

En un nuevo capítulo de la relación entre religión católica y ciencia moderna, Consolmagno demostraba que la Iglesia católica había mutado y se adaptaba a las nuevas circunstancias culturales de la modernidad, ya que todavía podían arrogarse la paternidad de la teoría del génesis del Universo. Por lo menos, hasta ahora.

 

14 marzo, 2018

Sobre el Autor

Alejo Reclusa