Opinion

El Discurso del Estado de la Desunión, 2018

“Para Donald Trump y su Partido Republicano esto no fue otra cosa más que un infomercial. Y no se equivoquen, no hay diferencias entre el Partido Republicano y el Partido de Trump. Él es el dueño, y los miembros del Congreso lo saben”
(Dan Rather, Periodista).

Por Valeria Carbone

El 30 de enero de 2018, Donald J. Trump dio su primer discurso del Estado de la Unión. Históricamente, este discurso anual ofrecido por el presidente de los Estados Unidos ante el Congreso se presenta como una especie de “informe sobre el estado de la Unión, recomendando a su consideración las medidas que estime necesarias y oportunas” (Artículo 2, Sección III Constitución de los Estados Unidos). Es una oportunidad en la que el representante del Poder Ejecutivo ofrece un balance del año de gestión que deja atrás y presenta los lineamientos de la agenda y prioridades legislativas de la Administración de turno.

El esperado primer discurso de Trump terminó siendo una presentación bastante predecible que siguió los cánones de los hechos y de la retórica discursiva que se sucedió a lo largo de 2017. Lleno de medias verdades, flagrantes mentiras fácilmente verificables y no exento de polémicas propuestas y mensajes, el discurso empezó siendo una ofrenda de paz y un llamado a la “unión” de una nación fuertemente polarizada: “Esta noche, hago un llamamiento a todos nosotros para que dejemos juntos nuestras diferencias y busquemos la unidad para cumplir con las personas que nos eligieron para que les sirviéramos”. Poco más de una hora después, el mensaje de Trump se había convertido en un discurso que estuvo lejos de la búsqueda de diálogo, unidad o consenso y que nos reveló más sobre la situación interna del establishment político norteamericano que de las políticas llevadas a cabo por su clase dirigente.

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Pero vayamos por partes.

El Discurso de Trump, titulado “Construyendo un Estados Unidos fuerte, seguro y orgulloso”, se concentró mayormente en la marcha de la economía, la inmigración, el plan de infraestructura y las políticas de seguridad nacional.

El primer mandatario se concentró en los “beneficios” para los capitales más concentrados, considerado el gran logro de su primer año de gestión, a la regresiva reforma tributaria. Acompañado por los estruendosos aplausos de los republicanos, Trump omitió el hecho de que esta ley implica un multimillonario recorte tributario para el 1%, mientras aumenta los impuestos de los más pobres. También, pareció no tener presente que contribuirá en alrededor de $ 1.5 trillones al déficit fiscal en los próximos 10 años, y que ese déficit se intentará reducir a través violentos recortes en programas sociales, de salud (como Medicaid, Medicare y los servicios obligatorios estipulados por la Affordable Care Act), de Seguridad Social y educativos.

A continuación, Trump ofreció datos ficticios sobre la creación de puestos de trabajo durante su gestión, se adjudicó el mérito de un continuo descenso desde 2011 en los índices de desempleo entre trabajadores afro-estadounidenses e “hispanos”, y se felicitó por el crecimiento del PBI. Sin embargo, y como destaca el Center for American Progress, muchas de las tendencias económicas que Trump se adjudica como logros personales son simplemente producto de la recuperación de la economía luego de la Gran Recesión de 2007-2008. Y si bien la recuperación económica continuó durante el 2017, “los resultados fueron decepcionantes. La economía produjo menos empleos nuevos en 2017 que en cualquier año desde 2010.”

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Otro de los puntos abordados en el discurso, y el que tendrá mayor impacto en el largo plazo, es el giro a la derecha del poder judicial. En 2017, el partido republicano logró – gracias a las vacantes creadas por las tácticas dilatorias de los republicanos contra quienes habían sido designados por el gobierno anterior – el nombramiento de jueces ultra-conservadores incluso al nivel de la Corte Suprema. En palabras del presidente estadounidense, estos jueces “interpretarán la Constitución tal como fue escrita”. Considerando que la Carta Magna fue elaborada en el siglo XVIII por una sociedad patriarcal, mayormente de plantadores que buscaban defender la institución de la esclavitud como sistema organizador del orden económico, social y político, que impusieron un sistema restringido de acceso al voto y a los cargos electivos mediatizado por un impuesto de capitación, el nombramiento de estos jueces impactará enormemente en años venideros en temas sensibles como derechos civiles, derechos electorales de grupos minoritarios, derechos de la comunidad LGTB, derecho al aborto, derechos laborales, entre otros.

A pesar de que durante 2017 se produjeron magnicidios que se llevaron la mayor cantidad de vidas humanas en los últimos 50 años, Trump se detuvo a realizar una explícita defensa de la segunda enmienda. Paso seguido, el presidente pasó a ocuparse de unos de sus temas favoritos: la inmigración. Llamando al consenso partidario para resolver el tema que provocó un breve y poco consecuente cierre del gobierno, Trump se refirió al tema que se constituyó en su caballito de batalla: el financiamiento para la construcción del muro, la reforma inmigratoria, la continuidad del programa DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals) y la situación de los DREAMers. Refiriéndose a estos últimos como “extranjeros ilegales traídos aquí cuando eran niños”, y estableciendo conexiones directas entre inmigración, terrorismo, criminalidad y delincuencia, el mandatario instó a los demócratas a llegar a un acuerdo para sancionar una ley inmigratoria que (sin margen para la negociación) se ajuste a los deseos de la Casa Blanca: limitar la inmigración legal, y basar esta última en criterios “meritocráticos”, exigiendo que los migrantes demuestren “buen carácter moral” y alta calificación laboral.   

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Uno de los momentos más tensos fue cuando el presidente estadounidense refirió a poner fin a la “inmigración en cadena”. Abucheado por los demócratas presentes, Trump afirmó que “con el actual y quebrado sistema, un solo inmigrante puede traer una cantidad ilimitada de parientes lejanos. En nuestro plan, nos centramos en la familia nuclear, al limitar los patrocinios a cónyuges e hijos menores de edad. Esta reforma vital no solo es necesaria para nuestra economía sino también para nuestra seguridad y nuestro futuro”. Sin embargo, esta caracterización de lo que correctamente se denomina “reunificación familiar” es falsa: inmigrantes legales pueden patrocinar a sus cónyuges, hijos, padres y hermanos, pero no a parientes “lejanos”, como primos o familiares “políticos”. El proceso de visa de reunificación familiar lleva años, en algunos casos más de una década, y el gobierno de Estados Unidos solo ofrece un número limitado de “visas familiares”.

Luego, Trump trajo a colación el proyecto de reconstrucción de obras públicas que pretende impulsar. En una reciente columna de opinión, el Nobel de Economía Paul Krugman afirmó que “si bien necesitamos desesperadamente nuevas inversiones en el sector público, la propuesta de Trump no es ni remotamente seria. En el mejor de los casos, se trata de una trivial suma de dinero que pretende ser de una enorme magnitud. En el peor de los casos, equivaldría a una orgía de capitalismo de compinches, privatizando los activos públicos mientras se generan pocas inversiones nuevas”. Refiriendo a una inversión del gasto en infraestructura de $1.5 trillones (que en realidad serían $200 billones según la última partida presupuestaria), el presidente estadounidense solicitó lo que llamó una “simplificación” de los procesos de aprobación de permisos “a no más de dos años, y tal vez incluso uno”. “Estados Unidos es un país de constructores. Construimos el Empire State Bulding (de Nueva York) en solo un año. ¿No es una vergüenza que ahora pueda llevar hasta diez años conseguir el permiso para una simple carretera?”. Así, Trump solicitó que  se eliminen regulaciones para el ramo inmobiliario y de la construcción relacionadas con la calidad de los materiales, seguridad en la construcción, condiciones de trabajo, empleo y seguridad laboral, habilitaciones, impacto socio-ambiental, etc.

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Saliendo de cuestiones de política doméstica, Trump abordó el tema de la Seguridad nacional y su agenda en política exterior. Pero no para dejarnos tranquilos. Luego de referir brevemente a su “victoria” sobre el ISIS, congratularse por el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel (otro momento que suscitó sinceros aplausos de los presentes de ambos partidos), y anunciar que ordenaría mantener abierta la prisión de Guantánamo, el presidente estadounidense se concentró en su enemigo favorito: Corea del Norte. Reveló que la opción diplomática no se encuentra sobre la mesa y se enfocó no en el plan nuclear, sino en los horrores del régimen norcoreano, dejando entrever que en su rol de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas está considerando un posible ataque militar a la Península. El mismo día de la alocución, el Financial Times reportó que la Casa Blanca había retirado la nominación de Victor Cha, exasesor de Seguridad Nacional de George W. Bush, como embajador en Corea del Sur. Funcionarios del Consejo Nacional de Seguridad de la actual Administración habrían interrogado al experto en Asuntos Coreanos sobre la posibilidad de gestionar, una vez en su puesto, la evacuación de ciudadanos estadounidenses del país, una operación que usualmente se realiza como preludio de un ataque militar. Según el periódico, Cha habría expresado enormes reservas sobre cualquier tipo de ataque militar, lo que le habría costado el cargo.

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Muchos temas quedaron intencionalmente fuera del discurso y, por ende, de la agenda. Muchos otros se mencionaron al pasar, a sabiendas que nada se hará al respecto, como lo relacionado con la crisis del abuso de los opioides y la reforma del sistema carcelario. ¿Que nos queda entonces?

Aceptar que los republicanos están muy satisfechos y apoyan completamente a un presidente que se convirtió en un valioso instrumento para avanzar los aspectos más polémicos de la agenda de los sectores más (más) a la derecha del partido. Los republicanos lograron impulsar una agenda neoliberal en lo económico, ortodoxa en lo político y extremadamente conservadora en lo social, y desplazar a sus sectores más “moderados”.

Por su parte, el Partido Demócrata continúa sin poder capitalizar este momento político. La respuesta oficial al discurso del Estado de la Unión (tradicionalmente en manos del partido opositor) recayó esta vuelta en la figura de un miembro de la Dinastía Kennedy: Joe Kennedy III, Representante por el Estado de Massachusetts. Nuevamente ofreciendo un discurso altamente previsible, el que pretende convertirse en la carta presidencial de los demócratas en las elecciones 2020 no logró aglutinar a un partido en crisis. El excandidato presidencial Bernie Sanders ofreció su propia – y más sustancial – respuesta al Discurso de Trump, evidenciando una vez más la profunda grieta al interior del Partido y su incapacidad, como minoría opositora, de presentar un frente político-partidario unificado.  

Y fuera del Congreso, las calles están calmas. La oleada de manifestaciones y marchas de protesta que pareció inundar al país en los primeros meses del 2017 se disipó en pocos meses. Siquiera las calles de New York, uno de los bastiones progresistas más movilizados se hizo sentir. Definitivamente, la desmovilización social es uno de los grandes logros del primer año del régimen de Trump.

 

3 febrero, 2018

Sobre el Autor

Redacción Resumen del Sur