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Lula Da Silva: ¿corrupto o perseguido?

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La ratificación de la condena por parte de los tres jueces del Tribunal Regional Federal de Porto Alegre contra el expresidente Lula significó un terremoto político para la República Federativa de Brasil. A 9 meses de la elección es el principal tema a resolverse en un contexto en en el que poder real brasileño se muestra envalentonado en garantizar la continuidad de una situación política y social, que comenzó con la destitución de Dilma Rousseff.

La condena por corrupción y lavado de activos contra el exmandatario es una excusa para sacarlo del camino. Las pruebas solo contemplan recortes periodísticos, algunos testimonios y una supuesta compra de Leitcia, la esposa de Lula fallecida el año pasado y que lógicamente no puede defenderse.

Pero la pregunta que hay que hacerse es si el dilema que encierra el futuro de Lula debe centrarse en la corrupción que corroe a la política en su conjunto o en una vil maniobra de los grandes grupos de poder para aprovechar el contexto del Lava Jato y correr de la cancha a una actor clave del proceso electoral.

Desde la destitución de Dilma, el poder real asumió las riendas del país defiendo una hoja de ruta que se cumplió con una velocidad admirable. Incorporación de capitales privados en sectores estratégicos de la económica (aeropuertos, Electoras, Petrobras, Presal) a través de la Ley de Participación Pública Privada, congelamiento por 20 años del gasto público (que afectó a las políticas sociales promovidas por el PT y una reforma laboral que baja contundentemente el costo laboral y garantiza un sistema impositivo en donde los más poderoso no pagan impuestos a las ganancias y otros tributos). Todo en menos de dos años. Todo a pedir de la Federación de Industriales de San Pablo, los grandes medios de comunicación y las trasnacionales que saben que Brasil es una poderosa fuente de recursos, como la reserva natural de la Amazonía.

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En ese sentido, no hay nada mejor para aplicar políticas de shock que tener al mando a un representantes del sector financiero en el Ministerio de Hacienda (Henrique Meireles) y un presidente sin temor a pagar el costo político como Michel Temer, cuyo apoyo no llega al 3 por ciento.

En este marco, volvemos a la pregunta inicial, ¿es la corrupción el principal problema de Brasil? La corrupción existe, es estructural y ha erosionado un sistema político putrefacto. No obstante, la discusión sigue siendo política, ya que fueron diputados y senadores mucho más complicados con la justicia los que sacaron del poder a una presidenta votada por 54 millones de personas y votan reformas neoliberales que perjudican a las grandes mayorías. En este caso, la corrupción disciplina y pone al sistema político de rodillas ante las clases dominantes.

 

¿Qué rol cumplen el Partidos de los Trabajadores y Lula en este punto?

El PT nació en 1980 como una expresión del Movimiento Obrero brasileño que irrumpió en la escena política en 2002. Creció como emergente de un ciclo de resistencia de dos décadas y crisis de los partidos tradicionales que se consolidaron con la vuelta de la democracia en 1985. Durante los años de gobierno petistas se combinaron dos cuestiones importantes: políticas sociales y estabilidad (y fuerte crecimiento) macroeconómico logrado en parte por acordar con parte del establishment financiero e industrial de San Pablo. Sobre la lógica del “todos ganan”, Lula logró un equilibrio difícil que duró hasta que decidieron terminar con el gobierno de Dilma.

Afuera del poder, el PT en general (y Lula en particular) son un escollo para que el mecionado poder real. Ahora no ganan todos, sino los que ganaban antes de la llegada del PT. La corrupción generó una crisis de representatividad que produce una fuerte incertidumbre en el campo de la derecha que no cuenta con nigua dirigente capaz de mover el amperímetro. Ni Meireles, ni Geraldo Alckmin ni el ultra derechista Jair Bolsonaro están bien posicionado para ocupar el Plan Alto. La realidad es que al poder real no le preocupa porque sin Lula en el escenario electoral. Llo único que deberá llevar a cabo es cumplir con un programa político y económico que ya se puso en marcha.

Hay dos interrogantes importantes a proposito de esta situación. El primero es si el poder judicial está dispuesto a pagar el costo de encarcelar a Lula en un contexto de crecimiento de las encuestas. A juzgar por el comportamiento de las instituciones de la democracia del país (Congreso, Poder Judicial) podemos suponer que eso no será un impedimento. El otro punto es hasta donde puede sostenerse la relación de la sociedad con instituciones carentes de legitimidad, no sería la primera vez que esto suceda en la historia de nuestra región teniendo en cuenta que la política esta atada de pies y manos para resolver problemas graves como la corrupción.

´Con el hundimiento de Lula se hunde todo el sistema político que hoy defiende la proscripción´ Click To Tweet

El Partido de los Trabajadores tiene que jugar en una cancha inclinada, pero tiene la posibilidad de demostrar la capacidad para construir una base solida y heterogénea que ponga en discusión los elementos fundamentales de un proceso que en poco tiempo se está llevando puesto a millones.

Las elites de Brasil se beneficiaron del gobierno del PT. Gozaron de los privilegios de convertirse en una potencia emergentes y reivindicaron al presidente con mayor imagen positiva de la historia. Desde Evo Morales hasta Henrique Capriles valoraron la obra del PT durante los años de auge económica. Con el cambio de contexto económico internacional y frente a un gobierno de Dilma que dejó de servirle, esos mismos sectores abandonaron el neodesarrollismo lulista para ser la base de sustento de un neoliberalismo trasnacionales, modelo que busca convertir nuevamente a Brasil en exportador de materia prima. Volver al neodesarrollsimo significaría enormes perdidas y, por sobre todas las cosas, signifiacaria tomar el riesgo de permitir que Lula vuelva para avanzar en las reformas que postergó para no quebrar el equilibrio de fuerzas.

Por último, un extracto de la buena nota que escribiió el analista internacional Martin Shapiro sobre el personaje judicial que se lleva todas los flashes de las cámaras hace dos años. (…) “A pesar de tener apenas 44 años, Sergio Fernando Moro lleva veinte como Juez Federal, al frente del Juzgado con sede en Curitiba. Entrenado en Harvard, asiduo visitante de eventos organizados por el Departamento de Estado norteamericano y con afinidades ideológicas y hasta familiares con la centro derecha brasileña, este juez, que se muestra cómodo con los mimos y premios de la prensa, parece encajar con el relato petista, que dibuja a un agente del imperialismo tomando parte en una enorme conspiración contra la democracia, cuyas ramificaciones alcanzarían desde el actual gobierno hasta la embajada norteamericana y, por supuesto, los grandes medios de comunicación (…)

No vaya a ser cosa que el circo cierre con un Moro o alguien como el, pateando el castillo de arena en el que se han convertido el sistema de partidos apareciendo como outsider. o que muchos no entienden es que con el hundimiento de Lula se hunde todo el sistema político que hoy defiende la proscripción.

26 enero, 2018

Sobre el Autor

Augusto Taglioni

Director de Resumen del Sur, periodista. Mar del Plata