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De Barcelona a Tallin. Un espejo agrietado

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Por Dr. Juan Iván Ladeuix *

 

Un fantasma recorre Europa y, a casi cien años de la gran experiencia revolucionaria socialista de 1917, no es un precisamente un espectro revolucionario. Aunque sabemos que no es así, dicha ánima revoltosa tiene los rasgos de un fenómeno del pasado que creían muerto: el nacionalismo.

La Europa construida tras la caída del Muro de Berlín, sustentada en el crecimiento económico y el atlantismo europeísta evidentemente recorre una serie de desafíos que hacen pensar seriamente en su futuro. La reciente declaración de Independencia de Cataluña, no es más que el ultimó tirón de un carro que pareciera llevar a la Unión Europea a un punto sin retorno, a una encrucijada casi fundacional.

´Los atentados , la crisis inmigratoria y el Brexit sirvieron para invocar presencias que se creían perdidas´. Click To Tweet

El joven mito de la posible integración cosmopolita de los pueblos del continente en una “Europa de Naciones”, más allá de su éxito durante la década del 90’ entre la intelectualidad y las elites europeístas, o de su posible triunfo con la expansión de la Unión Europea hacia los países de Europa del Este, ha comenzado a demostrarse como altamente ineficaz.

Las causas de la crisis de dicho anhelo europeísta sin duda son múltiples y variadas. Se manifestaron inicialmente en los referéndums que trabaron el “proceso constitucional” europeo en el 2005, para eclosionar a partir del impacto de la crisis financiera y económica abierta luego del 2009. La periferia europea entraría en una fuerte crisis económica que la llevaría a entrar en un profundo y oscuro túnel. Aceptar la exigencia de la Troika Europea (Comisión Europea, Banco Central Europeo y FMI) para algunos serviría para ganar tiempo (Irlanda, España, Portugal e Italia), mientras que para otros los sumergió en un debate profundo sobre su modelo político (Grecia). Las manifestaciones antieuropeístas, más allá de las postura asumidas por los diversos gobiernos, se irían abriendo paso. La Europa idílica y “democrática”, de la cual el resto del mundo no debía más que aprehender lecciones, comenzaba a evidenciar grietas por las cuales volverían a renacer imágenes fantasmagóricas de una vieja Europa.

Algunos espectros son evidencia de una tradición de izquierdas que, a pesar de fracasos electorales y del abierto salto de la socialdemocracia – garrocha mediante de la Tercera Vía – hacia el neoliberalismo, nunca había desaparecido del todo. Más allá de su discurso en torno a lo “nuevo”, Syriza o Podemos no dejan de nutrirse de esa misma tradición. Como también lo hace el Frente de Izquierda de Jean Luc Melenchón en Francia.

´En Europa, los “separatismo” estuvieron latentes por lo menos desde finales del siglo XIX´. Click To Tweet

Sin embargo, no fueron precisamente estos fantasmas lo que pusieron ciertamente en crisis al sistema político europeo. Los atentados del fundamentalismo islámico, la crisis inmigratoria abierta desde 2014 y el Brexit, como las brujas del Macbeth, sirvieron para invocar presencias que se creían perdidas. El crecimiento de la ultraderecha en muchos de los países de la Unión, (como lo demostraron las últimas elecciones en Francia y en Alemania) y el aumento de las presiones separatistas en varios Estados miembros dejan ver la importancia que los nacionalismos todavía tienen como fuerza de movilización social.

El “separatismo” como fenómeno histórico no es más que un legado de la contemporaneidad. Su existencia se basa en las realidades históricas que las construcciones de los distintos Estados Nación no pudieron borrar o asimilar. Esas realidades, en manos también de laboriosos militantes del particularismo étnico, han devenido tradicionalmente en el surgimiento de movimientos nacionalistas que, algunas veces desde las izquierdas y muchas más desde las derechas, han socavado o desestabilizado a los gobiernos constituidos.

El “separatismo” no casualmente se evidencia principalmente en aquellas regiones del planeta donde las distintas particularidades étnicas no han sucumbido ante mitos nacionales capaces de homogenizar y procesas las diferencias anteriores. En muchas de estas regiones, como en Asia o África, estos problemas devienen de la burda organización del territorio luego de la retirada de las potencias coloniales. Pero en Europa, los “separatismo” estuvieron, en la mayoría de los casos, latentes por lo menos desde finales del siglo XIX.

´El poder europeo ha encontrado en las reivindicaciones nacionalistas de minorías, una de sus trampas´ Click To Tweet

Esa “latencia” entraba cada tanto en períodos de fuerte palpitación, principalmente aprovechando los contextos de crisis internacional que el continente sufriría. La I Guerra Mundial o la “Gran Guerra”, como se la conoció inicialmente, estalló gracias a un atentado de “separatistas serbios”. La Doctrina Wilson y el principio de autodeterminación de los pueblos, se combinarían tras el final de la contienda bélica permitiendo el triunfo de “separatismo” que dejaron de ser tales (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Irlanda y los países del Báltico). El período de entreguerras permitiría la radicalización de otros nacionalismos “separatistas” (vascos, catalanes, bretones, eslovacos y croatas) que sin embargo, especialmente luego del final de la Segunda Guerra Mundial, volverían a entrar en una latencia no carente de espasmódicos sobresaltos.

Los nacionalismo separatistas, aunque tenazmente reprimidos en la Europa Atlántica, fueron contundentemente alentados por las autoridades de la Comunidad Económica Europea y de la OTAN en Europa Oriental y en la Unión Soviética, hacia finales de la década del 80’. Los movimientos nacionalistas en las distintas Repúblicas de la URSS, aprovechando la crisis de poder y económica abiertas durante la perestroika de Gorbachov, fueron controlando los distintos Soviet Supremos entre 1989 y 1991. Ese control se traduciría, con mayor o menor celeridad, en las declaraciones de independencias de las distintas repúblicas, hasta la definitiva disolución de la URSS tras el Tratado de Belavezha en 1991 y la renuncia de Gorbachov.

Esos movimientos nacionalistas fueron saludados por Europa Occidental como manifestaciones de una nueva oleada de revoluciones democráticas, como el “despertar” de muchas naciones que habían estado sometidas al dominio “ruso – soviético” durante décadas. Actitud parecida tuvieron las autoridades europeas ante el proceso que llevaría a la disolución, después de una larga serie de guerras y conflictos étnicos, de la Federación Yugoslava durante la década del 90’.

Sin embargo, el establishment europeo ha encontrado en las reivindicaciones nacionalistas de minoría étnicas, una de sus principales trampas. Mejor dicho, el posicionamiento que las elites europeas tienen para con los movimientos “separatistas” es la mejor prueba de la diplomacia de “doble racero”. La Europa Atlántica corre presurosa a reconocer la existencia de una poco viable Kosovo, pero abiertamente se opuso a un Donetsk independiente de una Ucrania enemiga de Rusia. Hay que decir que las autoridades españolas, conscientes de su propia realidad histórica, fueron renuentes a manifestarse tan abiertamente por la independencia kosovar y mantuvieron siempre reparos al reconocimiento de nuevas “independencias”.

´El independentismo catalán pretendió imitar a los bálticos al organizar la “Vía Catalana hacia la Independencia”´. Click To Tweet

Pero quizás, el mejor ejemplo de esto se encuentra en una noticia que rápidamente se ha difundido por los medios, luego de la declaración de Independencia de Cataluña. El primer ministro de Estonia, Jüris Ratas, ha declarado abiertamente el apoyo de su país a la “unidad territorial de España”. Las paradojas históricas a veces resultan edificantes.

Estonia, juntos con los otros dos países bálticos (Letonia y Lituania), fue una pieza clave en el descalabro de la URSS. Desde Tallin se fueron originando las primeras protestas que pusieron en marcha la llamada “Revolución Cantada” (como la bautizó Heinz Valk por las manifestaciones de protesta en el Auditorio de la Canción de Tallin), que finalizaría en la independencia de los países báltico entre 1990 y 1991. Un hecho de masas sin precedente en ese proceso de independencia fue la “Cadena Báltica”. El 23 de agosto de 1989, al conmemorase los cincuenta años del Tratado Molotov – Ribbentrop que había facilitado la anexión de estos países a la URSS, los movimientos separatistas bálticos organizaron una “cadena humana” de más de seiscientos kilómetros uniendo las tres capitales (Tallin, Riga y Vilnus), para demostrarle al mundo la justicia de su reclamo. Occidente aplaudió fervorosamente la ingeniosa protesta y apoyo el proceso de Independencia.

Hace unos años, precisamente el 11 de septiembre de 2013, el independentismo catalán pretendió imitar a los bálticos al organizar la “Vía Catalana hacia la Independencia”. Se estableció una cadena humana de más de cuatrocientos kilómetros, desde Le Perthus (en Rosellón) hasta Vinaroz (Valencia). La fecha elegida no era casual. Los 11 de septiembre se conmemora la Diada que recuerda la caída de Barcelona ante las fuerzas borbónicas en la Guerra de Sucesión Española en 1714. Esa fecha es reconocida por el nacionalismo catalán como el inicio de la dominación española. La “Vía Catalana”, como lo había hecho la “Cadena Báltica”, sirvió para demostrar la contundencia de un reclamo independentista que por lo menos desde entonces no ha hecho más que crecer electoral y políticamente.

Muchos líderes del independentismo catalán vieron en la experiencia de los países bálticos una suerte de espejo sobre el cual mirarse. Creían en la importancia, y aún mantienen cierta esperanza, de una identidad democrática de las elites europeas incapaz de permitir un atropello abierto a la voluntad popular. Y si bien es cierto que algunas experiencias históricas pueden ser aleccionadoras, el espejo sobre el cual a veces pretender mirarse los nacionalistas catalanes muestra grietas que no deberían ser desatendidas.

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Las autoridades de Barcelona que aceptaron redoblar la apuesta, declaración de Independencia y República mediante, serían por demás inteligentes al no confiar en las calidades democráticas de las elites de la Unión Europea. Los catalanes han declarado la Independencia a un miembro central de la Unión. Lo han hecho forzando la constitución, lo que en realidad es casi la norma de toda declaración de independencia (a excepción de los países de la URSS, la cual permitía constitucionalmente la independencia de sus repúblicas), y amparándose en la “legitimidad de las urnas”. Sí el espejo pudo servir para organizar la protesta, pocas posibilidades tiene para contribuir a construir la independencia.

El europeísmo, del cual los países bálticos son acérrimos defensores, pareciera no estar demasiado preocupado por las libertades de los catalanes. La estelada (la bandera republicana de Cataluña) podrá convertirse en la enseña de un Estado Nación no a partir de las bendiciones democráticas de Bruselas, sino a partir de la contundencia y la coherencia que el independentismo demuestre tener para conducir a una mayoría popular. Los miles de catalanas y catalanes que apoyaron la independencia deberán demostrar la posibilidad de resistir a la intervención de Madrid. No cuenta Barcelona, como sí lo hizo Tallin en su momento, con mayores apoyos externos (Venezuela, Osetia del Sur y Abjasia, son los pocos países que se han manifestado a favor de la independencia) y si bien está inmerso en una crisis, el gobierno español no tiene el grado de debilidad que tuvieron los soviéticos en su momento.

Las grietas del espejo son demasiadas, las suficientes como para no devolver una imagen donde reflejarse. Sin duda, el independentismo catalán ha llegado al momento en el cual ya no hay espejos ni recetas.

 

* Historiador y Docente Universitario. UNMdP/CeHis / CONICET

15 diciembre, 2017

Sobre el Autor

Redacción Resumen del Sur