Literatura y Cine

Los Meyerowitz: la familia no se elige

meyerowitz-critica-655

Hay en el cine de Noah Baumbach una voluntad por desgranar las neurosis y los miedos de la sociedad norteamericana, a través del retrato íntimo de una de sus instituciones más sagradas: la familia. Es cierto: la misma voluntad se puede rastrear en un sinfín de realizadores, y si miramos hacia otras disciplinas, podemos emparentar esta búsqueda con la persecución literaria de la Gran Novela Americana, cuya versión siglo XXI inauguró Jonathan Franzen con Las Correcciones, pero que quizás encuentre su ejemplo más acabado en la producción de cuentos de Raymond Carver.

En Los Meyerowitz: la familia no se elige, la última película de Baumbach, que pasó por Cannes con el aplauso encendido de la crítica y ahora estrena Netflix, no encontramos el afán enciclopédico de Franzen por contarlo todo, ni el entramado desolador que late bajo las historias mínimas de Carver, pero sí la misma agudeza para observar las rajaduras de un microcosmos familiar en proceso de descomposición.
A la manera de un volumen de cuentos, Baumbach elige acercarse a los miembros de la familia Meyerowitz recortando fragmentos de la historia y presentándolos como viñetas, en un trabajo minimalista de disección que funciona en algunos segmentos y pierde fuerza en otros, pero al final logra mantenerse en pie.
La historia, que hace de la ciudad de Nueva York un telón de fondo que trasciende lo decorativo para ser un elemento que moldea y modifica a sus personajes, tiene como núcleo a Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman), un escultor de edad avanzada que se prepara para una retrospectiva de su obra en la universidad donde fue profesor. A esto se suma la posibilidad (o la necesidad) de vender la casa donde vive con su cuarta esposa (Emma Thompson), una mujer excéntrica, post hippie y alcohólica en dudosa recuperación, que se la pasa viajando o encerrada en la casa de campo que ambos tienen en las afueras de la ciudad. Pese a la imagen que Harold tiene de sí mismo, la realidad lo encuentra como un artista de segunda línea, apreciado por sus colegas pero lejos del éxito de estos. Esa convicción sobre la importancia de su obra, sumada a la evidente negación con respecto a su edad y a los deterioros de la salud, es lo que dispara el conflicto y hace entrar en escena a sus hijos: tres adultos con personalidades y éxitos dispares, pero cada uno afectado de manera definitiva por la relación con ese padre que no supo, no quiso o no pudo comprenderlos.

De Noah Baumbach se ha dicho que es el nuevo Woody Allen Click To Tweet

Por un lado está Danny, el hijo mayor (en una inesperada y notable actuación de Adam Sandler, que supo ser un gran comediante y se revitaliza a través de este drama después de una década de comedias horribles), un cuarentón recién divorciado que se enfrenta a una crisis por partida doble: el ingreso de su hija a la universidad, una hija brillante que es para su abuelo todo lo que él no fue, y el hecho de tener que hacerse cargo, por primera vez en su vida, de sí mismo. En el otro extremo está Matthew (Ben Stiller), un exitoso hombre de negocios por el que Harold siempre sintió un afecto que él no supo corresponder, y del que huyó lo más pronto que pudo. Entre los dos hermanos está Jean (Elizabeth Marvel), la hermana depresiva y fantasmal que nunca salió del nido y a la que todos ignoran, pese a ser la única que siempre se quedó al lado de su padre.

A partir de la internación del patriarca Harold, la película de Baumbach vuelve a cruzar a estos hermanos, obviamente distanciados, y pone en marcha una serie de circunstancias que van desde lo absurdo a lo violento, y en donde el guionista y director aprovecha para desarrollar su mirada sobre los conflictos familiares sin caer en la tentación de las lágrimas, o en la puesta en escena teatral y constantemente gritada; la eterna mesa familiar donde todos se insultan y nadie come. Los Meyerowitz, en cambio, prefiere acercarse de manera individual y progresiva a la relación de cada uno de estos hijos con su padre, y solo hacia el final es cuando estos fragmentos convergen y, naturalmente, estallan.
De Noah Baumbach se ha dicho que es el nuevo Woody Allen, y es probable que el título le quede un poco grande, pero lo cierto es que, si bien exhibe algunos puntos en común con el cine de Allen (al menos el Allen de los 70, 80 y un poco de los 90, hasta que el genio creativo arrollador se detuvo para volver a aparecer solo en contadas ocasiones), sus películas pasan por otro lado. Siguen un camino iniciado por John Cassavetes y continuado, entre otros, por Jim Jarmusch: el cine independiente, que en su momento supo ser un lugar de resistencia y ahora suele ser una marca, y que funda lo rústico y lo sensible para hablar de personas interactuando con otras personas, abandonando cualquier efectismo y tratando de contar las cosas de la manera más sincera posible. Cualidades que son perfectamente aplicables a estas historias (nuevas y selectas, como advierte su título original) de la familia Meyerowitz.

23 octubre, 2017

Sobre el Autor

Marcos Ojea