Literatura y Cine

Perfectos desconocidos: el celular es el lobo del hombre

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La humanidad mentirosa

Siete amigos que rondan los cuarenta se juntan a cenar. Hay una pareja consolidada y aburrida, otra pareja cuyo aparente bienestar se pone en crisis por la incipiente sexualidad de su hija adolescente y por la lucha de egos profesionales, una tercera pareja en apariencia feliz, casados hace poco tiempo y en la búsqueda de un hijo, y un séptimo amigo varón, profesor de gimnasia y eterno soltero, que promete llevar a su nueva conquista a la cena, pero finalmente llega solo. Antes del banquete en cuestión, dentro de cuyos límites va a transcurrir casi toda la película, el director se toma unos instantes para presentarnos a estas siete criaturas, objetos de un experimento social que surge con la excusa de un juego entre amigos, y termina por dejar expuesta la verdad que todos conocemos, ese puntito negro, cancerígeno, que surge de manera inevitable en el corazón de la sociedad contemporánea: todos, absolutamente todos, escondemos algo. Lo sabemos cuando vemos que la primera pareja discute por el hallazgo macabro de unos preservativos en la cartera de su hija: la madre, psicóloga, se escandaliza y espera que su marido actúe en consecuencia, pero él simplemente no lo hace; el asunto no le parece tan grave, los chicos son así, y en última instancia, ella debería entenderlo después de atender a tantos pacientes. Los dos arremeten pero no llegan al fondo: ambos, nos damos cuenta, esconden algo. Después está la segunda pareja, y nos bastan dos imágenes para llegar a la misma conclusión. Él se demora en el baño con el celular en la mano, sentado sobre la bañera, sin hacer nada; ella, antes de salir, recuerda que se olvidó el celular y va a buscarlo, pero lo que en realidad hace es deshacerse de su ropa interior y esconderla en un cajón. Así, en menos de cinco minutos, Paolo Genovese nos introduce sus personajes: insalvables desde su misma concepción.

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El experimento

Llegamos a la cena. Quién haya leído la sinopsis de Perfectos desconocidos sabe que, cuando el juego comience, las tensiones se van a ir incrementando hasta explotar y destruir todo. La consigna, propuesta por el personaje de la psicóloga después de que se crucen algunos chistes sobre la confianza en la pareja, es la siguiente: los siete van a dejar sus celulares en el medio de la mesa, y cada mensaje que reciban mientras dure la cena va a ser leído por todos, o en el caso de las llamadas, atendidas con altavoz. El juego, por supuesto, no es aceptado inmediatamente, y lo vemos en las fugaces caras de preocupación de los personajes, seguidas por el arrebato que, se supone, eclipsará la desconfianza y los mantendrá en su zona de confort: “tomá, agarralo, revisalo si querés, yo no escondo nada”. Como no podría ser de otra manera, ya lo dijimos, todos esconden algo, desde infidelidades hasta deseos de mandar a la suegra a un geriátrico, pasando por inclinaciones sexuales no declaradas hasta… más infidelidades, apiladas una sobre otra hasta llevarnos a pensar que esos siete amigos son, con seguridad, las siete peores personas de toda Italia.

La indecisión de Genovese y su resaltador

La idea, hay que admitirlo, no es mala, y nos permite reflexionar (más allá de lo que sucede en la película) sobre algunas cuestiones rabiosamente actuales, que sin embargo no son más que la actualización de los miedos y las preocupaciones de siempre: el desgaste en la pareja, los engaños, las pequeñas licencias, la falta de privacidad, la juventud (la inmadurez) que inevitablemente hay que perder, la paternidad, la lealtad a través de los años. Los problemas de la película, entonces, pasan por otro lado: primero, porque Genovese nunca termina de compactar el tono de lo que vemos, y segundo, porque su mensaje se subraya tantas veces que resulta aburrido, e incluso hasta un poco contradictorio. Quizás como una comedia grotesca, negra, hubiese funcionado mejor. La esperanza de una película arriesgada se mantiene hasta que alguno de los personajes decide sobresalir como ser humano y demostrar su superioridad moral con alguna frase de diseño, vacía, acompañada por un piano de fondo. Esta secuencia dramática, arbitrariamente repetida a lo largo del film, no hace otra cosa que evidenciar aún más el paso vacilante, temeroso, del director. Y si bien es cierto que el humor en ocasiones mundano y cierto formato televisivo no ayudan, la problemática sigue siendo otra, porque Genovese estruja a sus personajes y nos dice, en resumidas cuentas, que la gente, toda la gente, es horrible, y que el mundo es un lugar tan lleno de falsedad que mejor ignorarla y seguir con la vida tal como está, que es el destino al que los siete amigos parecen arribar, hacia el final. Los celulares, nos dice el director, son nuestras pequeñas cajas negras, las cárceles personales dónde ponemos a resguardo todos nuestros secretos, pero con un carcelero tan frágil como un descuido o una clave de bloqueo. En un punto, no deja de ser verdad; pero exponer la verdad con un teatro de títeres esquemáticos no alcanza para que esta película nos movilice o, al menos, nos haga cuestionarnos algo.

26 agosto, 2016

Sobre el Autor

Marcos Ojea