Divulgación, Opinion

Vivir del Terreno

“…De este modo, el ejército quedará finalmente asentado en el país que acababa de liberar.

Aquellas tierras, sus ríos, las marismas, la producción, los habitantes, todo debía contribuir a la

defensa del territorio. Tal era el plan de Napoleón…”

Philippe –Paul de Ségur, edecán de Napoleón en La derrota de Napoleón en Rusia (2010:40)

ARTE BARROCO. FLAMENCO. SEBASTIAN FRANKS VRANCH (1573-1647). SAQUEO DE UNA ALDEA. Detalle. Representa un saqueo llevado a cabo por las tropas españolas durante las Guerras de Flandes. Escuela flamenca, primera mitad del s. XVII. Colección particular.

SEBASTIAN FRANKS VRANCH (1573-1647). SAQUEO DE UNA ALDEA. Saqueo llevado a cabo por las tropas españolas durante las Guerras de Flandes.

La guerra es un negocio, nadie tiene dudas sobre esta cuestión. Aquellos que se enriquecen con esta forma de violencia lo pueden hacer de forma legal o por medios no tan santos. Incluso es habitual atribuir el imperialismo norteamericano a las presiones del complejo industrial-militar. Pero los Estados muchas veces también tienen intereses económicos en ciertos conflictos y esto excede los beneficios que puedan obtener los particulares. Incluso la guerra puede ser la causa de la destrucción de la economía de un país o la vía de salida de una economía en recesión. Pensemos en algunas de las razones que llevaron a la Primera Guerra Mundial o lo importante que resultó para Estados Unidos la Segunda Guerra Mundial para dejar atrás de forma definitiva la depresión que generó el crack de la bolsa de 1929.

Sin embargo, esta forma de acercarnos a la temática lejos está de agotar los análisis sobre la guerra y la economía. Por fuera de los negocios que puede generar la guerra, aparece la pregunta más general de cómo se financia la guerra y la que más nos interesa plantear en este texto, de cómo se sostienen las fuerzas de guerra. Estas preguntas han recibido múltiples respuestas a lo largo del tiempo. El tipo de enfoque elegido y la disciplina desde la que se intentan responder estos interrogantes son importantes a la hora de considerar las respuestas. El tiempo histórico también es un factor a tener en cuenta. Fíjense que incluso hablé de fuerzas de guerra y no de ejércitos para no circunscribirnos a ningún tiempo histórico preciso.

El interesante artículo de Macarena Escudero, Guerra y Negocio, despertó nuestro interés por realizar algunas breves reflexiones sobre esta temática, que no buscan polemizar con la autora, ni tampoco agotar el tema. Solo pensar en voz alta sobre la relación entre guerra, financiamiento de las fuerzas de militares y negocios, para ver en qué punto se tocan estas tres cuestiones y complementar miradas.

De Carl von Clausewits para acá, y con los inicios de la guerra moderna, estamos acostumbrados a pensar que son los Estados los que sostienen a los ejércitos desde el punto de vista financiero y material, y que son también los que aportan la logística necesaria para que puedan entrar en funciones. Sin embargo ¿qué ocurre cuando las fuerzas bélicas que disputan un territorio no forman o no dependen de ningún Estado? ¿Qué ocurre cuando los Estados no pueden sostener a sus fuerzas armadas pero la guerra continúa?

Durante las llamadas “guerras de independencia” en el espacio rioplatense, los ejércitos de las Provincias Unidas del Río de la Plata dependían económicamente del gobierno central, sin embargo, en más de un momento esas fuerzas se encontraron libradas a su propia suerte. Situación que generalmente la asociamos a las milicias de gauchos de Martín Güemes y a los esfuerzos de la provincia de Salta por impedir el avance de las fuerzas del Virrey del Perú a partir de 1815. Sin embargo, con una economía resentida, era habitual que los pagos de sueldos no se produjeran, que los soldados anduviesen casi desnudos y que tampoco se consiguieran animales con los que alimentar a la tropa o caballos y mulas para trasladar al ejército y sus pertrechos. En esos momentos, y ante el temor de las deserciones o para evitar motines, insubordinaciones, es que los oficiales “legalizaban” cierto tipo de prácticas que podían incluir el robo y saqueo de las poblaciones que apoyaban al “enemigo” pero también a aquellos que sostenían la misma causa de los ejércitos independentistas. Las necesidades no distinguen entre amigos u enemigos. De esta forma, los ejércitos de la revolución se podían aprovisionar de animales, armas, alimentos, ropa, calzado e incluso dinero. Lo necesario para sobrellevar el día a día, pero también para continuar peleando. A esto hacemos referencia con la idea de “Vivir del Terreno” con la que titulamos este artículo. Pero esto no fue una excepcionalidad de las guerras en América o en lo que hoy es Argentina. Fue una modalidad que aplicaron distinto tipos de fuerzas de guerra lo largo del tiempo y en casi todos lo espacios. El saqueo de las posesiones del enemigo, del territorio que se invadía u ocupaba en tiempo donde las fuerzas militares se movían con una logística rudimentaria o inexistente, era fundamental. Pero esto es posible en un mundo donde la guerra tiene un componente tecnológico aun relativamente bajo y en un espacio como el rioplatense donde la guerra nunca alcanzó la escala de las guerras napoleónicas. Pensemos que el Ejército de los Andes no superaba los 5000 hombres y Napoleón movilizó a Rusia más de 300 mil.[1]

nazi

Soldados nazis robando obras de arte

Los inicios de la guerra moderna impidieron que los ejércitos pudieran seguir sosteniéndose exclusivamente de esa manera, pero no borró del todo la idea de “Vivir del Terreno”. Sobre todo para aquellas fuerzas de guerra que no forman parte de un Estado o que pertenecen a un Estado colapsado. Acá es donde el sostenimiento de estas fuerzas se toca con el negocio de la guerra. Si ya no es posible asegurar el día a día o conseguir armas en base al saqueo del territorio por la escala, por el valor del armamento, y no se cuenta con apoyo económico externo, aun es posible explotar otro tipo de actividades, de recursos que aporten el financiamiento necesario para adquirir el material bélico, para pagar sueldos de los combatientes, o conseguir alimentos. Acá es cuando aparecen actividades que identificamos como ilegales como el tráfico de droga, la venta ilegal de petróleo, de minerales e incluso el tráfico de personas. Y esto excede en nombre de qué o de quien se pelea o la justicia o injusticia de esa causa. La explotación de actividades ilegales para financiar la guerra es una actividad histórica y si no piensen en la importancia de hombres como Hipólito Bouchard o Thomas Chocrane durante las guerras de independencia y su accionar como corsarios. Si para 1800 la actividad corsaria estaba reglada y era una práctica habitual, esto no quiere decir que haya sido así todo el tiempo. Incluso el tráfico de esclavos africanos en algún momento fue reglamentado.

Luego de la segunda guerra mundial y sobre todo después de 1960, los conflictos armados han evolucionado hacia lo que se conoce como guerra no convencional o guerra irregular, donde rara vez se enfrentan los ejércitos de dos Estados. Si esto ha tenido repercusiones en la táctica y estrategia de la guerra, también ha puesto de nuevo en discusión el tema del financiamiento de la actividad guerrera y sus consecuencias sociales, políticas y morales. Sobre todo por la reaparición de actividades como el tráfico de personas. Es difícil anticipar cuales son los límites que están dispuestos a traspasar y cuales a respetar las distintas fuerzas de guerra en pos de lograr sus objetivos. Para eso deberíamos hacer análisis puntuales pero este no es lugar. De lo que no hay dudas es que mientras unos recurren a todo tipo de prácticas para alcanzar sus metas políticas y militares, otros aprovechan estas situaciones para obtener pingües beneficios. Entretanto, los organismos supranacionales y los jefes de estado de los países más poderosos del mundo miran para el costado, y no importa si el costo de la guerra recae sobre los hombros de los ciudadanos que la financian con sus impuestos o sobre la sangre de las poblaciones donde las fuerzas de guerra deben vivir del terreno, porque todo lo sabemos, la guerra es un negocio del que participan todos.

 

 

[1] Igualmente vale la pena destacar que se ha señalado como uno de los mayores errores de Napoleón Bonaparte como general en jefe, el descuido de la logística necesaria para abastecer a sus hombres. Esta cuestión quedó de relevancia sobre todo en la campaña de Rusia.
9 julio, 2016

Sobre el Autor

Alejandro Morea