Divulgación, Opinion

El camino de la Independencia: El regreso de Fernando VII y el fin de la vía autonomista en América.

fernando vii

El 24 de marzo pasado, además de conmemorarse los 40 años del Golpe de 1976, se cumplieron 200 años del inicio de sesiones del Congreso convocado en la ciudad de San Miguel de Tucumán que terminó declarando la Independencia de lo que en ese momento eran las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816. En otra oportunidad nos referimos al consenso conservador que rodeó a la reunión de los hombres que conformaron dicha asamblea tras la derrota de Napoleón en Waterloo, la conformación de la Santa Alianza y el Regreso de Fernando VII al trono español. Sobre este último punto me gustaría detenerme. El retorno de “El deseado”, nombre con el que se comenzó a identificar a Fernando, significó el fin de la posibilidad de construir un proyecto político diferente que integrara en un mayor grado de igualdad a España y América dentro de la monarquía, lo que también resultó fundamental para que las Provincias Unidas del Río de la Plata y otros espacios americanos, se decidieran a poner fin al vínculo con la corona española.

La restauración absolutista impulsada por Fernando VII dio por tierra con el trabajo que habían realizado las Cortes del Reino reunidas en Cádiz y específicamente con los Decretos del año 1809 de la Junta Central y con la Constitución sancionada en 1812. El texto constitucional y el nuevo orden político y social allí establecido había sido la solución que encontraron las elites peninsulares pero también en parte americanas a la crisis de la Monarquía española que se puso en evidencia en 1808 con las abdicaciones y la farsa de Bayona y que fue acompañada de la Coronación de José Bonaparte como Rey de España por órdenes de Napoleón.

La Junta Central, aquel órgano político que había logrado nuclear en su seno a las distintas juntas provinciales que surgieron en España para resistir a Napoleón, y que además había logrado el reconocimiento de la mayoría de los territorios americanos, fue la que convocó a dichas Cortes. Desde sus inicios esta Junta había demostrado la voluntad de integrar a los territorios americanos en su seno y había cursado invitaciones para que lo virreinatos y capitanías generales enviaran delegados. El decreto del 22 de enero de 1809 proclamaba que los territorios no eran colonias sino que formaban parte de la monarquía hispánica. Esto respondía a la intención de igualar la oferta de las Cortes convocadas en Bayona por Napoleón y José I, pero también para dar lugar a los planteos americanos de obtener representación política en estos nuevos órganos de gobierno.

El avance de las fuerzas de Napoleón, llevaron a que esta Junta se disolviera y se conformara la Regencia, el órgano que asumió la conducción política tras la desaparición de la Junta Central. Esta situación y la imposibilidad de la Junta de dar lugar a los reclamos de reformas económicas, de atender adecuadamente la solicitud de ampliar la representación americana y la represión que impusieron algunos de los virreyes y capitanes generales ante la disidencia americana que ya comenzaba a asomar, llevaron a un proceso generalizado de formación de juntas en suelo americano que se negaron a reconocer a la Regencia. A partir de 1810 los grupos autonomistas, comenzaran a convivir también con aquellos que comenzaran a plantear la independencia como única salida a la crisis de la monarquía.

Los diputados que comenzaron a reunirse en la Isla de León, retomaron la iniciativa de la Junta Central de tratar de lograr integrar a los territorios americanos. El artículo primero de la Constitución decía que “La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios” intentándole dar a la construcción del nuevo estado-nación parámetros hispánicos. Esto estaba en sintonía con el planteo de los americanos autonomistas, que lejos de buscar la independencia, lo que planteaban era la rediscusión del lugar que debía tener América en la organización política de la corona. La constitución además estableció el sufragio universal, lo que incluía el voto de los indios, la abolición de las formas de trabajo colonial como la mita o la encomienda y además sancionó la libertad de imprenta y la abolición de la inquisición. El liberalismo inspiraba a los diputados por eso la Constitución establecía la preeminencia de las Cortes sobre el Rey y la autoconvocatoria de Cortes cada primero de marzo. La “Pepa”, como se conoció a la constitución, no fue letra muerta. Se comenzó aplicar y eso incluyó al territorio americano. En el Virreinato de Nueva España, en parte de los Andes Centrales en Sudamérica, en Cuba, en los territorios controlados por las fuerzas españolas en Venezuela e incluso en la Banda Oriental, se reconoció a la constitución y se la comenzó a aplicar.

Tras la liberación de Fernando VII y su regreso a España, las Cortes intentaron por todos los medios que el monarca jurara la Constitución y aceptara los cambios producidos. Pero Fernando VII demoró esta situación intentando ganar tiempo para que triunfara el golpe militar que ya se estaba gestando. Una vez ocurrido el alzamiento militar en contra de las Cortes y la Constitución, el Rey se opuso a los decretos y a la Constitución de las Cortes de Cádiz porque significaba el paso de un Estado absoluto a uno constitucional, pero también porque la obra parlamentaria y constitucional suponía integrar los territorios americanos y peninsulares en un mismo Estado–nación lo cual significaba que el monarca perdía “sus” territorios y “sus” súbditos ya que jurídicamente, desde el descubrimiento, eran patrimonio del Rey. Tras abolir el régimen constitucional, el Rey emprendió la tarea de restituir las viejas instituciones y en retomar el modelo de administración y gobierno previos.

De esta manera, la abolición de la obra legislativa emprendida en las Cortes quedó desmantelada y las esperanzas de los criollos autonomistas que creían haber encontrado en las Cortes y en la Constitución una vía intermedia entre el independentismo y el colonialismo absolutista, fueron frustradas. Esto se agudizó cuando Fernando VII además declaró la guerra sin cuartel a los territorios americanos insurgentes y buscó la reconquista de sus posesiones mediante el envío de expediciones militares. De esta manera, el único camino que quedaba abierto para América era el de la Independencia. Si en algunos espacios americanos, como el del Río de la Plata o Venezuela ésta siempre había sido la opción más fuerte, en algunos otros territorios como Nueva España, Perú o la Audiencia de Quito el  cierre de la vía autonomista decretado por Fernando VII llevó a que las elites de esos espacios a comenzar a recorrer con mayor decisión el camino de la Independencia.

9 abril, 2016

Sobre el Autor

Alejandro Morea